Dietario 6

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Me cuenta Luis que la otra noche quedó en casa de un amigo para cenar y regresó a su cama a la hora del almuerzo del día siguiente. “Había carne y ensalada, pero sobre todo chicas. Terminé yéndome con una de ellas a la playa”. Siempre ha sido muy reservado, pero en esta ocasión termina su relato confesando que, al mismo tiempo que amanecía y asomaba a lo lejos el Peñón de Gibraltar, una de sus manos sujetaba una botella de whisky caro -y bueno- mientras la otra reposaba en el muslo izquierdo de Ana. “Luego la llevé a casa, nos despedimos en el coche y hasta hoy. Le flipa Janis Joplin”. Sonreía. “Bares, esos estercoleros de amor”, concluyó. La conversación con Luis me hizo recordar la primera vez que invité a Rosa a tomar algo. “No tomo café con gente que no conozco. Pero una copa, sí”, contestó. Creo que nunca saldrá de mi cabeza. La respuesta, tampoco.

La enfermiza lista de libros a los que prestarle atención sigue aumentando. Ahí van algunos de los títulos anotados en el dietario en las últimas semanas: Los siete locos (Roberto Arlt), Ventajas de viajar en tren (Antonio Orejudo), Los pasos perdidos (Alejo Carpentier), los diarios de Josep Pla y Jules Renard, Ejercicios de estilo (Raymond Queneau), Leyendo escribiendo (Julien Gracq), El whisky de los poetas (Jorge Edwards), El oficio de vivir (Cesare Pavese) o Future days, de David Stubbs. También cómics de Antonio Altarriba, Alex Robinson, Alfonso Zapico y Estefanía Luque.

Creo que fue Joaquín Sabina, entrevistado por Fernando Sánchez-Dragó, al que le escuché decir que un escritor de avanzada edad -no recuerdo quién- le contó que había comenzado a despedirse de aquellos libros que no iba a poder leer. “Además”, añadía, “lo que más apetece en este atardecer, en esta caída, es volver sobre tus lecturas favoritas”.

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Me dijo Ana la otra noche que tenía nuevamente ganas de desaparecer. Recordé mis festejos internos cuando me dicen que estoy muy perdido, que dónde me meto. Comparto con Ana muchas cosas, pero su interés por esfumarse con cierta frecuencia es uno de los rasgos que más me fascinan de ella. Alguien, no recuerdo ahora quién, se preguntaba si es extraña la sensación de alegrarse secretamente al comprobar que nos ocultábamos un poco de todo y de todos. ¿Cómo lo haremos para desaparecer?

A Cortázar le pasaba algo similar. Lo contó en la memorable entrevista que mantuvo con Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo de Televisión Española en 1977: “Me siento bien solo, puedo vivir solo. Y eso, sobre todo, en mi juventud. Luego, viviendo ya en Europa, por otros motivos, descubrí a mi prójimo […] Es un poco como la historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Me sucede, y es algo que yo lamento, que a veces, en grandes reuniones en las que me siento muy bien, hay un minuto en que Mr. Hyde me dice en el oído “¿porque no estás escuchando un disco tranquilo en tu casa?”.

Parece ser que “desaparezca aquí” es una indicación que podemos leer en una de las novelas de Bret Easton Ellis. Nacho Vegas tituló así su tercer disco. En la portada apenas distinguimos su rostro, aunque la hermosa melena aún resiste ante una creciente oscuridad. En sus canciones abundan, si nos lo proponemos, textos que nos hablan de quitarse de en medio, de transformarse. De trazar nuevos planes aunque las maniobras sigan siendo las mismas. “Todo el mundo fantasea con una muerte dramática”, canta en la introducción.

Encima de los escenarios, sus tentativas de desaparecer se basaban en las historias que relataba entre canción y canción. Hablo de hace ocho o diez años, antes de que la vida manca llamara a su puerta. A finales de 2006, durante un concierto en Córdoba, nos contó que el día anterior había estado en Jaén. Junto a un amigo se dirigió a comprar aceite, pero primero preguntaron dónde podían conseguirlo a buen precio y en grandes cantidades. Cuando obtuvieron la información, ambos se dirigieron rápidamente al lugar indicado. Al llegar allí les recibió un hombre que portaba, literalmente, un rifle entre las piernas. A su lado aparecieron dos efebos grandes y bien formados que parecían ser guardaespaldas. Nacho les comentó el motivo de la visita y ellos le vendieron el aceite a veintiocho euros la botella. A continuación pasaron a una sala cuyas paredes estaban adornadas con narices y antifaces similares a los que se utilizan en los carnavales. De fondo sonaba una y otra vez una canción del primer disco de Pink Floyd.

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Dietario 3

Insisten en que lea El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina. Confío en el criterio de las personas que lo recomiendan, pero no puedo desdeñar el de Ana, que pocos días antes me dijo que no le había gustado nada, al menos las cincuenta páginas que se tragó hasta que me vomitó su veredicto: “Es una mierda. Tú verás”. Pero lo dijo sonriendo. Terminamos el café y pedimos cerveza. A Muñoz Molina, al igual que a mí, le gusta mucho Montaigne. Más de una vez he leído con entusiasmo los textos que ha dedicado a sus ensayos en El País. En uno de ellos comentaba que “uno se esconde como puede en la vida privada y se retira a un silencio que está hecho en gran parte de las palabras luminosas y acogedoras de unos cuantos libros”. En ocasiones, al igual que hacía Josep Pla, paso un día entero de invierno en la cama leyendo a Montaigne. El efecto que produce, a la vez tónico y sedante, es siempre bienvenido. Volviendo a Muñoz Molina, escribe que Montaigne “consideraba que uno de los indicios más seguros de la sabiduría era un disfrute constante de los placeres de la vida, más valiosos todavía por ser pasajeros e inseguros”. 

Finalmente me prestan El jinete polaco y hago la promesa de leerlo, aunque no tengo fecha límite para ello -o eso creo-. Al día siguiente, nada más entrar en la biblioteca, me topo con el nuevo número de la revista Mercurio, en cuya portada aparece un dibujo de Montaigne. También en portada nos avisan que dentro encontraremos artículos de Victoria Camps, Fernando Savater o Muñoz Molina. De hecho, su nombre, el de Muñoz Molina, figura en primera posición si empezamos a leer como nos han enseñado, de arriba abajo. Aún no he abierto la revista, pero en más de una ocasión durante esta mañana he cruzado alguna mirada con el retrato de Montaigne. Ese gesto, esas miradas distraídas y hasta furtivas, es más de lo que suelen ofrecer actualmente las publicaciones gratuitas. Me gustaría hacerle llegar estas palabras a Guillermo Busutil, director de Mercurio, escritor y periodista granadino que con La vida a la carta, un artículo aparecido en La Opinión de Málaga el año pasado, ganó hace unos meses el Premio Nacional de Periodismo Francisco Valdés.

Termino el texto mientras escucho un fragmento de Los exiliados románticos, la película de Jonás Trueba. En él, Isabelle, una de las protagonistas, anuncia en una cena entre amigos que “después de ese tiempo trabajando con gente que le queda poca vida, he llegado a tomar una decisión que llevo aplazando mucho tiempo. Voy a tener un bebé”. “¿De cuánto estás?”, le preguntan. “No, no, aún no estoy embarazada. Pero voy a ser mamá”. “¿Y el padre?”. “No sé quién va a ser el padre, pero lo que sí sé es que va a ser niña”.

Dietario 2

Parece que el otoño ha llegado, pero el calendario no engaña a nadie: estamos a 27 de agosto y aún quedan algunas semanas para que el verano se marche. Mi desaliño estético -camisa con un solo botón abrochado, chanclas y bañador- marca igualmente horas de sol y piscina. Leo en el porche que hay coincidencias y casualidades con las que te mueres de risa y hay coincidencias y casualidades con las que te mueres. También repaso citas de Faulkner, Ricardo Piglia y visualizo una vez más el Nighthawks de Edward Hopper, lo que me hace pensar en Tom Waits, en Martha, en beber. Abro una botella de vino.

El otro día me di cuenta que cuatro o cinco amigos míos tienen libros publicados. A estas alturas se antoja más sencillo escribir y publicar uno que plantar un árbol o tener un hijo. Menos arriesgado. Pero no sé si alguno de ellos encaja en la definición que Sergio Pitol hace de los escritores. Para el mexicano, “ser escritor es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Es hacerse pasar por otro”.

Leo también que Julio Arward vive en la calle Garriga Vela de Málaga. No me suena de nada, como la mayoría de calles de mi ciudad. La busco en Google y parece que no existe. Pero descubro al escritor José Antonio Garriga Vela, nacido en 1954 en Barcelona y con residencia habitual en Málaga. Pertenece a la Orden de Finnegans -que se obligan a venerar el Ulises de Joyce- y en octubre de 2015 declaraba en Diario Sur que se lo pasa en grande escribiendo. Parece ser que Muntaner, 38 es su obra más reconocida.

Rosa asegura tener la receta para luchar contra el mal de Montano, para ayudar a los enfermos de literatura. Mientras mordisquea una manzana dice que me dedique por un tiempo a hacer turismo no cultural. Que pase horas, por ejemplo, mirando como nacen los tomates en el campo. Le advierto que desde mi posición actual se puede echar un ojo al huerto entre página y página. “Estás hecho un libro”, me espeta. Intento hablar pero ella me lo impide una y otra vez. Y pienso en algo que decía Jules Renard en sus diarios: “Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido”. Termino la llamada con Rosa -hablábamos a través del teléfono- y me limito a mirar la sierra de Tejeda. Cierro los ojos. Aquí hay uvas, higos, pimientos, chumbos y aceitunas. Está Adán y a veces Eva. Existe el pecado. Me dirijo a los pájaros y les invito al Paraíso.

Enrique Vila-Matas. Dietario voluble

enriquevilamatas_dietariovolubleDietario voluble contiene las anotaciones hechas por Enrique Vila-Matas en su cuaderno personal entre diciembre de 2005 y abril de 2008. A un lector habitual de su obra apenas sorprenderá lo que encontramos en sus casi trescientas páginas. Pero un primerizo podrá descubrir más o menos de un plumazo a qué juega este hombre en sus libros desde hace ya algunos años, probablemente desde sus comienzos. Además de la escritura y la literatura -Enrique, él bien lo sabe, sufre del mal de Montano-, hay espacio para sus aventuras y reflexiones dentro y fuera de Barcelona.

Uno de los sucesos más terroríficos que relata corresponde a un texto de diciembre de 2006. “Es peligroso regalar”, avisa, “no podemos regalar nada que nos guste mucho, pues si casualmente llegamos a encontrar algo maravilloso, el impulso natural nos conduce a quedárnoslo, nos lo apropiamos, no llega nunca a la persona a la que pensábamos obsequiar”. Tal vez lo más difícil sea regalar libros. Vila-Matas parece haber sufrido algunas decepciones al respecto. Es complicado regalarlos “cuando quien los recibe pregunta si merece la pena leerlos”, pero también cuando el destinatario es muy exigente y mira los libros “con extraña atención y acaba preguntándote si les acabas de regalar medio kilo de papel y tinta o bien una nueva vida”. Especialmente peliagudo es regalar un libro a esas personas que solo se fijan en el título. “Me ha ocurrido”, cuenta, “que regalé El arte de callar, de Dinouart, a alguien tan susceptible que pensó que trataba de indicarle que fuera menos charlatán, que hablara menos, sobre todo en mi presencia”. El día que le dio por regalar El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, “el amigo tímido que lo recibió y que llevaba años sufriendo en silencio su condición de solitario casi rompió a llorar porque había creído leer El laberinto de tu soledad“. Y no sabemos qué pensaría aquella amiga deprimida a la que le compró Rumbo a peor, de Samuel Beckett.

Por sus páginas vuelven a pasear, juntos, revueltos o por separado, caras tan reconocibles dentro de su obra como Kafka, Ricardo Piglia, Pessoa, Sergio Pitol, W.G. Sebald o Juan Villoro. Citas de todos ellos trufan el dietario, aunque no hemos comprobado si son ciertas, si no hay algún tipo de amaño en ellas. Poco importa a estas alturas. Hay una de Antoine de Rivarol que registré con cierta algarabía: “¿La eternidad? Sin duda me encantará; uno entra en ella tumbado”. Por otro lado, supone un placer leer su entusiasmo ante lecturas de Slavoj Žižek (En defensa de la intolerancia), Raymond Queneau (Ejercicios de estilo), Julien Gracq (El mar de las Sirtes) o Montaigne. Y sacude siempre nuestra imaginación con pequeños párrafos que en manos de un Cortázar o de un Bolaño podrían alcanzar la inmortalidad. Es el caso de aquella historia “de un famoso escultor vasco que, cuando estaba solo y se aburría por las tardes en su casa de siempre (su casa natal), colocaba un cartel en la puerta donde decía: “Se vende”. Y se quedaba fumando un cigarrillo, asomado a la ventana, esperando. Era su manera de ir en busca de una conversación que llenara la tarde”.

El dietario, además de exhibir los particulares síntomas de un enfermo de literatura, es también una colección de lugares geográficos. Liubliana, París, Helsinki o Póvoa de Varzim, cerca de Oporto, se nos muestran bajo un tipo de luz nada habitual. Con Barcelona, su lugar de nacimiento y residencia, el tono suele ser grisáceo tirando a oscuro. “Ya no es sólo la barbarie que en una sola mañana a mí me ha alcanzado por tres ángulos distintos, sino también esa incomodidad creciente de notar que la ciudad ya no es nuestra, que es un gran parque temático para extranjeros y que en realidad con tanta estupidez ya se ha producido -en los próximos años simplemente se confirmará- el fin de Barcelona”.

Dietario voluble fue editado por Anagrama en 2008. En la foto de portada, tomada por Olivier Roller, observamos a un Vila-Matas de espaldas y con la mano izquierda introducida parcialmente en el pantalón. Un poco más abajo el retrato se agota. La imagen, como suele ser habitual en estos casos, está congelada. Probablemente no se vaya a mover jamás. Pero podemos jugar a imaginar con qué intenciones puso Enrique su mano ahí.

[Crónica] Enrique Bunbury (Plaza de Toros, Málaga, 24.08.16)

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Es difícil que Enrique Bunbury se esté quieto. Sus anunciados periodos sabáticos terminan, a los pocos meses, con el lanzamiento de nuevo material en forma de discos y documentales o con el aviso de próximos conciertos. El descanso, en esta ocasión, se vio interrumpido con la grabación, hace ahora un año, de MTV Unplugged: El libro de las Mutaciones en los Estudios Churubusco de México. Un directo donde repasó sus tres décadas de carrera musical y en el que artistas y grupos como Carla Morrison, León Larregui o Vetusta Morla le acompañaron sobre el escenario. Al mismo tiempo conocíamos que en este 2016 el llamado Mutaciones Tour llegaría a España tras su paso por Sudamérica y Estados Unidos. El pasado 8 de julio iniciaba sus conciertos por nuestro país dentro del Festival Cruïlla de Barcelona. La cita inicial en Málaga, prevista para el 6 de agosto, tuvo que aplazarse al día 24 del mismo mes debido a “un cuadro de faringitis y tos irritativa” que también le obligó a suspender su aparición en el Santander Music.

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La nueva gira se nutre, al igual que su grabación para la MTV, de un repertorio que abarca todas sus épocas. Prácticamente un tercio del espectáculo está dedicado a temas de Héroes del Silencio adaptados para la ocasión y sobradamente alejados de su formato original. Aunque no deben alarmarse sus seguidores más conservadores ya que, pese a los convenientes lavados de cara, las melodías siguen siendo reconocibles. Aún podemos cantarlas. De hecho, Iberia sumergida, La sirena varadaMaldito duende o La chispa adecuada, todas ellas de Héroes, fueron algunas de las más celebradas. El resto de canciones picotean entre toda su discografía de forma más o menos ecuánime  -exceptuando Radical sonora, editado en 1997, al que no se acerca-. Porque las cosas cambian, El extranjero, Despierta, Lady Blue o Dos clavos a mis alas, compuesta para Raphael, son buenos ejemplos para intentar seguir el inconformista recorrido del maño desde sus primeros escarceos en solitario. Un camino que ha sorbido pop y rock pero también blues, rancheras o tangos, entre otras andanzas.

Álvaro Suite (guitarra), Jordi Mena (segunda guitarra y banjo), Robert Castellanos (bajo), Jorge Rebenaque (teclados y acordeón), Ramón Gacías (batería) y Quino Béjar (percusión), Los Santos Inocentes, siguen rodeando de forma espléndida a un Bunbury que desde el primer momento se mueve alrededor del micrófono, gesticula, araña. Es fácil encontrar una foto suya que deslumbre y te haga pensar que por aquí también podemos presumir de artistas que atrapan tu mirada -y oído- sin remedio. Bunbury es uno de ellos.

Fotos: Lorena Rodríguez (@lorena_twittea)

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[Crónica] Melody Gardot (Plaza de Toros, Málaga, 25.07.16)

Pocos textos habrá escritos sobre Melody Gardot donde no se haga referencia a su biografía. En esta ocasión no vamos a ser menos. Gardot nació en 1985 en Nueva Jersey. Aprendió a tocar el piano siendo una niña y comenzó a subirse a los escenarios en Filadelfia, ciudad donde cursaba sus estudios de moda en la universidad. A los 19 años un coche casi acaba con su vida mientras montaba en bicicleta. En los meses que pasó en el hospital se empapó de música -rock, jazz, folk, pop- y escribió lo que luego sería Some lessons (2005), un EP de seis canciones. Ya en 2007 se reeditaba su primer disco, Worrisome heart. Comparada de forma recurrente con Joni Mitchell o Eva Cassidy, en su concierto de la Plaza de Toros, incluido dentro del Festival Terral, Gardot venía a presentar su quinta y última referencia hasta el momento, Currency of man (2015).

El concierto desbordó elegancia en un recinto medio lleno y medio vacío. De la banda, formada por Mitchell Long (guitarra), Sam Minaie (bajo), Devin Greenwood (teclados), Charles Staab (batería), Irwin Hall Jr. (saxo) y la trompeta de Shareff Clayton, destacan los dos últimos, Hall y Clayton, que atacan con la misma solvencia notables solos y pequeñas coreografías. Entre algún problema técnico, Gardot se perdió en chácharas prescindibles y constantes llamadas a un público que parecía encantado en todo momento. La languidez de la mayor parte de su repertorio quedaba hecha añicos cuando la banda, con Gardot a un lado del escenario, se estiraba hasta ritmos funky e incluso dance, convirtiéndose, ahora sí, en una potente máquina fabricada por y para el ritmo. Buen ejemplo de ello lo encontramos en el portazo final con Preacherman, inspirada en el asesinato, en 1955 y con tan solo 14 años, del adolescente afroamericano Emmett Till.

A falta de la actuación de Ibrahim Diakité al día siguiente, con el concierto de Melody Gardot se cerraba el Festival Terral 2016. Este año los números no han acompañado, ya que los 5.400 espectadores quedan lejos de los 11.531 de 2015. Hay trabajo por delante.

Foto: Daniel Pérez.

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[Crónica] Fee Reega Trío (Teatro Echegaray, Málaga, 18.07.16)

Fee Reega nació en la localidad de Balingen, perteneciente a Baden-Württemberg, estado federado del sur de Alemania. No muy lejos se sitúan ciudades emblemáticas como Ulm, al este, o Stuttgart, hacia el norte. Tübingen, donde estudió, vivió y murió el poeta Hölderlin, queda a unos pasos. Al oeste encontramos el excelente Biergarten Rauschbart de Horb am Neckar, Glatt y sus sabrosas tartas servidas en un castillo o la aburrida Freudenstadt. Finalmente nos topamos con la Selva Negra. Por aquellas tierras creció una Reega que, antes de instalarse hace unos años en Asturias, pasó por Berlín y Madrid siempre con proyectos musicales bajo el brazo. Además de su carrera más o menos en solitario, Fee canta y compone en Captains y Dead Hands, grupos donde encontramos folk, punk y rock ya sea en castellano, inglés o alemán. En 2014 editó el espléndido La raptora. Un año más tarde colaboró con Nacho Vegas en Mi novio es bobo y grabó Shoot, álbum compuesto de “canciones sobre disparos”, como ella misma lo definió durante su concierto en el Teatro Echegaray.

Un teatro para nosotros solos. Es lo que pudimos llegar a pensar tanto la banda como la treintena de personas que nos reunimos allí para presenciar un espectáculo incluido en la sección Márgenes del Festival Terral. Fee se presentó en Málaga en formato trío: Javier Bejarano -guitarras eléctrica y con arco- y Dani Donkeyboy -electric guitar- le acompañaron en todo momento, incluso en la inesperada Pito morado que alguien pidió desde el público y en donde canta que “todo lo que tienes que se puede chupar, yo lo he chupado”. Ambos crean las atmósferas necesarias para vestir y adornar unas canciones a las que Fee cuelga la etiqueta de “folk problemático”. Coplas que hablan del amor hasta las lágrimas –La cueva, Varsovia– pero también de niños asesinados –La raptora, su particular vampiro de Düsseldorf- y suicidios –La automuerte-.

Notable es su capacidad en nuestro idioma para, en pocas pinceladas, crear historias pobladas de inolvidables personajes. Es el caso de Wenedikt Eerofeev, el gran bebedor: “Es un fuerte bebedor, pero le quiero. Es un gran pensador, le respeto. Un hombre que sabe expresar sus dolores se merece que alguien le perdone sus errores […] Cuando me pega le pego yo también, y a veces se nos da muy muy bien […] Bebe como un agujero y habla como un cerdo, pero escribe que te quieres morir por ello”. A estas virtudes hay que añadir un carisma no muy habitual a la hora de llenar los vacíos entre canciones. Su acento ayuda. Nos cuenta que tienen copas -la levanta y bebe-, que en nuestra ciudad hace un “puto calor” y que ella no es asturiana como nos pretendía hacer creer en un principio. ¡Qué pilla! Siempre riza los pies al cantar. Y llega un momento en que es difícil apartar los ojos de ella.

[Crónica] Mad Cool 2016 (Caja Mágica, Madrid, del 16 al 18 de junio)

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Ni el torrente de mierda que El Mundo vertió días antes sobre el festival ni las multitudinarias críticas a la organización tras la jornada inaugural han impedido que la primera edición del Mad Cool haya sido un éxito: 102.647 personas (repartidas entre 34.278 el jueves, 32.896 el viernes y 35.473 el sábado) asistieron a los más de setenta conciertos celebrados sobre los 176.000 metros cuadrados del recinto de la Caja Mágica a orillas del río Manzanares. No sólo cuadran los números. Tras un jueves donde reinó el caos -sobre todo por los fallos a la hora de pagar con las pulseras-, la organización supo recomponerse. Las quejas en los días posteriores descendieron y los conciertos, dentro de un magnífico ambiente, fueron los verdaderos protagonistas.

Abrimos la tarde del jueves con Tom Odell, que anda estas semanas presentando su segundo disco, Wrong crowd. Rodeado de buenos músicos y mostrando una desenvoltura envidiable a su edad, Odell, al que por momentos le plantamos casi sin querer la cara de un rejuvenecido Chris Martin, ofreció un concierto sobrio y con músculo dentro de un recinto cubierto, el 3, cuyo sonido en otros momentos del festival -recuerdo el rato que pudimos ver a León Benavente el viernes o Xoel López el sábado- fue deficiente, al menos desde las gradas situadas frente al escenario. Tras Odell, Lori Meyers volvían a demostrar, ya en uno de los escenarios exteriores -el segundo, llamado Matusalem- que siguen siendo una de las bandas nacionales más en forma si a directos nos referimos. Con un repertorio que ha vuelto a rescatar temas de su primera época -fantástica Sus nuevos zapatos-, los de Loja volvieron loco al personal una vez más con Luces de neón, Emborracharme o Mi realidad, puntas de lanza de un repertorio que a estas alturas, como diría Beatriz Pérez Aranda, funciona como un pepino.

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Pete Townshend (The Who)

Los Who llevan año y pico despidiéndose de los escenarios. Su Hits 50! Tour celebra las cinco décadas que el grupo lleva en activo, con Roger Daltrey y Pete Townshend como únicos integrantes originales tras las muertes de Keith Moon en 1978 y John  Entwistle en 2002. El paso del tiempo puede mermar cualidades, pero otras las lima y enriquece. Ocurre con Townshend: no salta ni destroza su guitarra al final del concierto, pero su manejo del instrumento y el inabarcable repertorio de riffs no desmerece aquellas actuaciones de los días heroicos. La ristra de éxitos fue de aúpa, con una equilibrada representación de trabajos como Tommy (1969), Who’s next (1971) o Quadrophenia (1973), además de las obligadas My generation, I can’t explain o The kids are alright, entre muchas otras, en una despedida que, esta vez sí, se nos antoja definitiva. Nos recuperamos minutos después con The Strypes, jóvenes rapaces que mantienen viva la llama precisamente de grupos como los Who, aunque entre sus influencias se puedan rastrear también al padre de todo esto, Chuck Berry, o a eminencias más actuales como Arctic Monkeys o los primeros Mando Diao.

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Ben Bridwell (Band of Horses)

El viernes no contaba, ni de lejos, con un cabeza de cartel como los Who y Neil Young. Esa ausencia de tensión nos impulsó a disfrutar sin complejos de una jornada que comenzó con la delicadeza extrema de Jessica Pratt ante una audiencia mínima, y continuó con el enérgico concierto de Bigott en el escenario Matusalem frente a un público más abundante y copiosos rayos de sol. No hubo manera de colarse para ver y escuchar a Kings of Convenience -los recintos cerrados tienen aforo limitado y la organización aquí, por momentos, naufragó-, pero lo suplimos poco después con un Michael Kiwanuka que pide ya a gritos el ascenso a ligas superiores. Los adelantos de su segundo disco, Love & hate, que se publica el próximo 15 de julio, presagian un trabajo de altos vuelos. Veremos. Sobre el escenario ya le damos un sobresaliente extensible a toda su banda -¡qué guitarrista!-. Otis Redding, Prince o Bill Withers les felicitarían de forma efusiva. De nuevo en el exterior, Band of Horses demostraron una frescura que se empieza a echar en falta en sus últimos álbumes -el reciente Why are you ok no es una excepción-. Entre alguna pieza nueva, los de Seattle también despacharon algunos de sus temas más conocidos –Laredo, The funeral, la preciosa No one’s gonna love you-, consiguiendo altas cotas de comunión con un público entregado.

El sábado, último día de festival, comenzó fuerte con los recitales de London Souls y Gary Clark Jr, propuestas instaladas en un potente y bien entendido revisionismo de nombres superlativos del rock y el blues como Led Zeppelin, Jimmy Hendrix o Cream. No acompañó del todo el sonido en el caso de Clark, pero la incuestionable validez de su directo, amén de su notable desenvoltura a las seis cuerdas, evitaron la decepción.

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Neil Young

El concierto de Neil Young quedará irremediablemente unido al de la primera edición -y las que tengan que venir- de este Mad Cool. Acompañado en esta ocasión por los mozos de Promise of the Real, banda donde militan dos hijos de Willie Nelson y con los que ha grabado su último disco, The Monsanto Years (2015), el tío Neil, de 70 años, ofreció un directo que nos llevaremos bajo el brazo a la tumba. La primera parte, con él solo y su guitarra, piano, órgano y voz, hizo que muchos de los allí presentes se derritieran hasta las lágrimas. No hizo falta mucho: un par de acordes de After the gold rush o Heart of gold. Algunos aguantaron algo más y cayeron frente a la inmaculada belleza de Mother Earth. Poco después la banda le rodea, acompañándolo en un conjuro que aumenta de intensidad hasta convertir el escenario en un ciclón eléctrico bajo una estupenda apariencia: la de una reunión de colegas haciendo rugir guitarras, bajo y batería. Young, viejo zorro, viene y va, nos mira a nosotros y a sus chicos mientras araña su Old Black. Gruñe. Caen Alabama, Words y una Winterlong de insuperable melodía. Pero es Down by the river, que se va a los veintitantos minutos, el punto culminante de la noche, del festival. Probablemente del año. Y aún hubo tiempo -el concierto se extendió hasta las dos horas y media- para Mansion on the hill, Like a hurricane, Rockin’ in a free world o un Love and only love que sirvió de inesperada prórroga. Al terminar el concierto andas aturdido de un lado a otro, preguntando qué hacer, a dónde ir. No era fácil, pero la Ben Miller Band, en el escenario Avalon, consiguieron colarnos en su particular fiesta a base de unas canciones inyectadas en country, bluegrass, rock y folk que beben hasta embriagarse de las mismísimas raíces de la música americana.

  • Fotos Pete Townshend y Ben Bridwell: Facebook Mad Cool
  • Foto Neil Young: Juan Pérez Fajardo

Que os follen

 

Con una pasión
desmesurada
de ley
pero injusta

Con el mango
de la hoz o el martillo

Con una rosa
de púas como escarpias

Que os metan
una gaviota
con las alas abiertas por el culo

Que os follen,
que sintáis lo que
a nosotros nos duelen
las violaciones repetidas
de las leyes inventadas e impuestas por el poder democrático
de vuestros símbolos