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[Teatro] Los universos paralelos (Teatro Cervantes, Málaga, 22.04.2017)

No se concibe muerte más desgarradora que la de un hijo. Hay términos para clasificar a aquellas personas que pierden a sus padres o a su pareja, pero no existe ninguno para quienes sufren el más terrible de los trances. El horror, agazapado, siempre está presente. Federico Luppi intentaba definirlo en Martín (Hache), película dirigida por Adolfo Aristarain en 1997: “No es quererlo, es peor. Es mucho más fuerte, quieres estar siempre con él. Pero sabes que no puede ser. Es miedo a que le pase algo, a que sufra. No puedes ni pensar en que se puede morir, te duele pensarlo, te da pánico porque sabes que si eso llega a pasar no vas a sufrir ni te va a doler: te va a destruir. Vas a dejar de existir aunque sigas viviendo. Si se muere te mueres con él, así de sencillo”.

Los universos paralelos nos sitúa en el duelo por la muerte de Dani, el único hijo de Patricia (Malena Alterio) y Alberto (Daniel Grao). Han pasado ocho meses desde la tragedia y Patricia, vestida de negro de pies a cabeza, apenas levanta cabeza. No le ayuda el pasar todo el día en casa rodeada de recuerdos y paredes que aún reflejan los correteos del niño de arriba abajo. El cuarto de Dani, situado en la parte superior del piso, permanece intacto entre cajas con ropa, juguetes y una cama que luce siempre limpia y ordenada, nunca ya deshecha de un día para otro. La habitación parece mostrarse como una losa permanente para los distintos personajes que charlan y discuten en la planta baja. Además del matrimonio protagonista, también pasean su sufrimiento sobre las tablas la hermana de Patricia, Lucía (Belén Cuesta), la madre de ambas, Lola (Carmen Balagué), y David (Itzan Escamilla), el chico que atropelló mortalmente a Dani. Juntos intentan encontrar la manera de convivir con el recuerdo y mitigar la pena, ya que el dolor, como nos confirma Lola —que también perdió a un hijo—, nunca desaparece.

David Serrano, que hace unos meses presentó Cartas de amor en el Cervantes, dirige este texto instructivo escrito por David Lindsay-Abaire en 2006 bajo el nombre de Rabbit hole. Estrenada el pasado mes de marzo en el Palacio Valdés de Avilés, Serrano define Los universos paralelos como una obra optimista, divertida y hasta terapéutica. Y lo es, pero conviene apuntar que aquí el drama vence a la comedia por la aplastante inercia y transcendencia de lo ocurrido. Las risas, que las hay, provienen de un territorio más ordinario y previsible pero igualmente liberador: un puntal al que aferrarse contra viento, marea y todo tipo de pérdidas afectivas. Notable y generosa es la labor de actores y actrices, vital en un trabajo coral como este. Dentro del reparto centellea el desparpajo de una Belén Cuesta que, junto a Carmen Balagué, ofrecen las vías de escape necesarias ante semejante oscuridad. Pero son los personajes de Daniel Grao y Malena Alterio, que progresivamente irá aireando espacios y volviendo al color en su vestuario, los que delinean y muestran con precisión el aprendizaje que Lindsay-Abaire y Serrano nos proponen. Un manual de instrucciones al que, lejos de la ficción, nunca se debería recurrir.

[Teatro] Mármol (Teatro Cervantes, Málaga, 23.02.2017)

Mármol, obra escrita por Marina Carr y dirigida por Antonio Guijosa, tiene como punto de partida los sueños que inundan repentinamente las noches de Art (Pepe Viyuela) y Catherine (Elena González). En ellos se ven retozando uno junto al otro en una habitación de mármol. Art le cuenta a Ben (José Luis Alcobendas), el marido de Catherine, que, mientras dormía, hacía el amor con su mujer. Ben, con la mosca detrás de la oreja, corre a casa para hablar con Catherine. Ella le dice que ha soñado lo mismo: su noche ha transcurrido junto a Art. A partir de ahí se desatan preguntas duras, asfixiantes. También necesarias. La nostalgia por lo no vivido toma protagonismo —”lo que nos mata es la vida que no vivimos”, se escucha en algún momento— mientras se colocan todas las cartas sobre la mesa. Anne (Susana Hernández), la esposa de Art, entra igualmente en el juego, completando así un plantel de personajes que sufrirá incluso alguna amputación emocional. Se vislumbran a lo lejos nuevos y brillantes horizontes, pero el camino será siempre largo y tortuoso, tal vez inalcanzable. Mármol no es un texto sencillo: requiere entereza y atención por parte del público y de los actores. La recompensa, que la hay, da que pensar.

John Mayall (Teatro Cervantes, Málaga, 11/02/2017)

Antes y después del concierto, John Mayall charlaba con la gente, se hacía fotos y vendía su nuevo disco, Talk about that, en el vestíbulo del teatro. Le acompañaban en la faena el bajista Greg Rzab y el baterista Jay Davenport, músicos que le escoltan igualmente sobre el escenario en su recién iniciado Livin’ & lovin’ the blues tour. Pocas personalidades —él lo es— se lanzan a semejantes celebraciones junto a su público sin necesidad aparente.

De Mayall, que en unos meses cumple 84 años, conviene enumerar una vez más lo acostumbrado. El británico fundó en 1955 su primer grupo, The Powerhouse Four, pero sería en los Bluesbreakers, ya en el 63, con los que obtendría algunos de los mayores éxitos de su carrera junto a guitarristas como Eric Clapton, Peter Green o Mick Taylor. En 1968, y tras discos como A hard road o Crusade, se instala en California y establece contacto con Bob Hite, cantante de Canned Heat. Allí se empapa del espíritu hippie de la época, introduciendo en su sonido propuestas acústicas cercanas al folk. Conforme avanzan los setenta, Mayall se interesa por el jazz, el funk y la música de baile, volviendo finalmente al blues rock de los primeros días para encarar la década de los ochenta. Desde entonces ha venido grabando nuevo material de forma más o menos ininterrumpida y ofreciendo conciertos por todo el mundo.

El del sábado pasado en el Cervantes era el cuarto directo del bluesman en Málaga en poco más de una década; la primera visita se produjo en 2003 dentro de la programación del XVIII Festival de Jazz. Su último trabajo es el feliz pretexto para seguir subiéndose a las tablas: no hubo ni rastro del mismo en el repertorio de la noche. Sí hubo espacio y tiempo para Congo Square, A special life o The bear. Mayall, que apenas abrazó la guitarra, se mostró espléndido al órgano Hammond, al teclado Roland y a una armónica que aulló por todos nosotros. Mantiene una voz que rezuma blues, sudor y lágrimas, idónea para esas versiones de Louis Jordan (Early in the mornin’), Mose Allison (Parchman Farm) o Sonny Boy Williamson (Checkin’ up on my baby) que sirvieron para perfilar la noche e invocar a los gurús de todo esto. Mayall, también maestro, aún colea. Y de qué manera.

Lindsay Kemp: inventos y reencarnaciones (Teatro Cervantes, Málaga, 29.01.2017)

Uno de los platos más apetecibles de la trigésimo cuarta edición del Festival de Teatro de Málaga era la puesta en escena de Kemp Dances: inventos y reencarnaciones, montaje de poco más de una hora que ofrece piezas originales pensadas por Lindsay Kemp (South Shields, 1938) junto a otras, ya clásicas, revisadas para la ocasión. Le acompañan aquí Ivan Ristallo, James Vanzo, David Haughton y Daniela Maccari, coreógrafa italiana y compañera de un Kemp que desde hace unos años vive y trabaja en Italia.

Cuatro de los siete actos que componen el espectáculo están protagonizados por Kemp. En Fragmentos del diario de Vaslav Nijinski se reúnen sobre el escenario la totalidad de actores, rodeando a un dios de la danza abatido en su locura. Pero en las tres restantes se enfrenta él solo a una audiencia que, en sus primeras filas, será capaz de distinguir, más allá de los gestos corporales, un rostro por donde se pasea la incertidumbre, el infortunio, la tristeza. Violetta, sentenciada por la tuberculosis, se recuesta sobre un diván mientras Recuerdos de una Traviata, con la voz de María Callas, se desparrama sobre el patio de butacas. Más breves pero de similar fuerza emocional son La flor —acompañado del Laudete Dominum de Mozart— y El ángel, con el Requiem de Verdi, que sirve para devolvernos a casa mientras evocamos muchas de las imágenes para el recuerdo que la noche nos ha transferido.

Conviene no olvidarse de fragmentos como Mi vida o La femme en rouge, donde dos amantes se ven obligados a separarse tras la irrupción de las tropas alemanas en París durante la Segunda Guerra Mundial. En ambas contemplamos a una Daniela Maccari espléndida, que finalizó su participación retorciéndose y casi tocándonos con El cisne. Poco después recibía, junto al resto del plantel, un merecido premio en forma de estruendosa ovación, probable festejo de la derrota del mal frente a la incandescente belleza que desprenden estas nuevas invenciones.

[Teatro] El padre (Teatro Cervantes, Málaga, 15.01.17)

El padre, pieza teatral escrita por el dramaturgo francés Florian Zeller, plasma sin apenas ambages el deterioro mental al que está sometido una persona aquejada de alzhéimer. Del mismo modo, muestra el abismo al que se enfrentan familiares y amigos de la víctima, colaboradores habituales a la hora de conformar las vivencias que le han acompañado a lo largo de su vida. Entre ellos distinguimos a los hijos o al personal que tan amablemente le asiste, pero también al que acepta a regañadientes, no queda otra, la carga que supone enfrentarse a semejante marrón. Un persistente motivo de irritación para el que pueden florecer soluciones cuando llega la noche y el descanso. Es lo que le ocurre al personaje encarnado por una fantástica Ana Labordeta, la hija, que confiesa y describe minuciosamente un sueño donde estrangula a su padre mientras duerme.

La adaptación que José Carlos Plaza ha realizado de El padre pretende introducirnos en la mente del afectado valiéndose de una puesta en escena donde encontramos personajes interpretados por distintos actores o fragmentos cuya repetición desconcierta, dando pie a escenas y situaciones donde los espectadores terminan manoseando levemente la confusión del protagonista. No hay intención de acorralarnos con cuestiones de difícil salida. Basta observar y acompañar a Andrés y sus allegados, parecen indicarnos desde dirección, para tropezarnos con muchos de los oscuros callejones que podemos llegar a albergar en nuestro interior.

“Es como si fuera un árbol y estuviera perdiendo todas las hojas”, intenta explicarnos un excepcional Héctor Alterio, que ya desde su primera aparición correteando por el escenario invita a celebrar todo lo que supone una función teatral. Poco a poco el mobiliario irá desapareciendo y las puertas y ventanas serán tapiadas. Finalmente nos queda una habitación enorme, blanca y vacía, donde solo escuchamos las mismas preguntas una y otra vez, ya que las respuestas, las hojas a las que se refería Alterio, son arrastradas por el viento para no volver.

[Teatro] Los vecinos de arriba (Teatro Cervantes, Málaga, 09.01.17)

La trigésimo cuarta edición del Festival de Teatro de Málaga comenzó el pasado sábado 7 de enero con Concha Velasco y su Reina Juana. Hasta el 12 de febrero están previstas 69 funciones de 48 obras protagonizadas por nombres como Lindsay Kemp, Juan Diego, Héctor Alterio, Blanca Portillo, Maribel Verdú o Aitana Sánchez Gijón, entre muchos otros. El festival cuenta también este año con un Off que abarca la Sala Up del Teatro Alameda, Microteatro Málaga, la Sala Joaquín Eléjar, Urte Teatro, La Cochera Cabaret y La Caja Blanca.

Cesc Gay presentaba en el Teatro Cervantes Los vecinos de arriba, obra estrenada en marzo de 2015 en el Romea de Barcelona. Hace unos meses llegaba a Madrid la versión en castellano con las interpretaciones de Candela Peña, Andrew Tarbett, Pilar Castro y Xavi Mira, obteniendo un éxito que aún mantiene a día de hoy. El plantel de actores no es el mismo, ya que ahora encontramos a Eva HacheMaría Lanau en los papeles de Ana y Gloria, respectivamente. Los vecinos de arriba cuenta con una sinopsis bien sencilla: Ana y Julio (Xavi Mira) invitan a cenar a sus vecinos para enseñarles el piso y agradecerles la ayuda que les dieron cuando se instalaron en el edificio. Pero la velada, que se preveía asequible, subirá de temperatura cuando salte al ruedo la agitada vida sexual de la pareja formada por Gloria y Brian (Andrew Tarbett).

Gay, director de películas como Krámpak, Truman o la estupenda Ficción, continúa aquí indagando en la comunicación dentro de las relaciones, especialmente de las calificadas como sentimentales. Parece incansable a la hora de sentarse a escribir sobre las virtudes de la amistad o las peculiaridades del amor. Él mismo cuenta, en el texto que presenta la obra, que vivir en pareja es una de las aventuras más grandes y ambiciosas que cualquiera de nosotros puede llegar a experimentar en esta vida. En Los vecinos de arriba es el sexo el que lo (des)encadena todo. Prácticas como el intercambio de parejas o las orgías escandalizan poco o nada hoy en día, pero hablar de ello más o menos en serio sigue siendo otro cantar. Aquí los noqueados inicialmente son Ana y Julio, constantemente abrumados ante el torrente de sinceridad, luminosidad y sexualidad que desprenden las palabras de Gloria y un Brian al que Tarbett exprime de forma admirable. El humor, la frescura y las constantes réplicas irán desaguando un pozo que, a punto de vaciarse, descubrirá la precariedad de una relación a la que conviene evaluar de forma urgente.

[Teatro] Incendios (Teatro Cervantes, Málaga, 09.12.16)

“Estoy convencida de que se trata del gran texto teatral del siglo XXI”. La frase la pronunció Núria Espert en una entrevista concedida a Málaga Hoy para referirse a Incendios, de Wajdi Mouawad, que se pudo ver en el Teatro Cervantes hace unos días. No es nuevo el interés por la obra de Mouawad. Ya en 2010, la adaptación cinematográfica dirigida por Denis Villeneuve obtuvo numerosos reconocimientos, entre ellos la de ser nominada a mejor película de habla no inglesa en los Oscars. Mario Gas es el encargado de este nuevo montaje, que cuenta con ocho actores para interpretar a veintitrés personajes: Laia Marull, Ramón Barea, Álex García, Carlota Olcina, Alberto Iglesias, Edu Soto y Lucía Barrado, además de una Núria Espert que a sus 81 años recibía el pasado mes de octubre el premio Princesa de Asturias de las Artes, penúltimo galardón otorgado a una actriz que, recordemos, debutó sobre los escenarios en 1950.

Wajdi Mouawad nació en Beirut en 1968. La Guerra del Líbano obligó a su familia a escapar hacia París en 1977, desde donde saldrían rumbo a Quebec cinco años después, ciudad en la que se establecerían definitivamente. No es un capricho el introducir aquí someramente estos datos, ya que Incendios nace de las secuelas de un conflicto que arrastró a un joven Mouawad de tan solo ocho años a presenciar, entre otras atrocidades, como un autobús repleto de refugiados palestinos era acribillado por las milicias cristianas. El texto de Mouawad nos presenta a Jeanne y Simon Marwan, dos gemelos canadienses cuya madre, tras pasar el último lustro sin hablar, acaba de fallecer. Ambos serán citados para escuchar el testamento y recibir un par de sobres con inesperadas instrucciones a seguir. A partir de ahí se desencadena un amargo y sorprendente viaje que se desarrolla de forma paralela a las vivencias y recuerdos de una joven Nawal, madre de los hermanos, en constante búsqueda. Y es conveniente detenernos aquí, no indagar mucho más allá, ya que Incendios basa gran parte de su potencial y fama en una inolvidable —a la par que arriesgada, tal vez discutible— parte final.

La repercusión de Incendios está justificada. Nos hallamos ante una historia vibrante, osada, dinámica. Sus tres horas de duración apenas resultan molestas para el espectador. Es justo destacar el trabajo de Laia Marull, que sostiene la función de forma admirable e incansable. También el de Edu Soto, inesperado protagonista en el desenlace de la obra, y de Núria Espert, claro está, cuyas apariciones resultan concisas y memorables. Las notables aportaciones de Ramón Barea, la sobriedad de Álex García y Carlota Olcina o la frescura que inyectan Lucía Barrado y Alberto Iglesias completan un plantel espléndido.

Incendios se volverá a representar del 21 de junio al 16 de julio de 2017 en el Teatro de La Abadía de Madrid.

[Teatro] El Brujo. Misterios del Quijote (Teatro Cervantes, Málaga, 27.11.16)

Uno de los cuadros que componen Misterios del Quijote describe las reuniones que mantienen diariamente en una taberna, al caer la noche, personajes de toda índole para hablar del Quijote pese a que ninguno de ellos lo ha leído. Tal vez ni siquiera conozcan su existencia. Aún así, la charla es encendida, apasionante. El amanecer sorprende a todos discutiendo sobre Dulcinea, Sancho o el bachiller Sansón Carrasco. Pero es hora de regresar, dormir algo y enfrentarse a una nueva jornada que trae indefectiblemente la temida y cómoda rutina. No podrán negar que la escena se revela como una memorable metáfora si nuestro objetivo es precisar el comportamiento del pueblo español independientemente de la época en que nos situemos. La prueba del algodón es bien sencilla: entren en el primer bar que encuentren y podrán resucitar lo descrito en este texto sin apenas recurrir a la imaginación. O, si lo prefieren, esperen a las próximas comidas y cenas navideñas.

En la última novela de Enrique Vila-Matas, Kassel no invita a la lógica, a uno de sus personajes le preguntan cómo le parecía que se había tomado España la crisis económica. Chus Martínez contesta diciendo que de una forma tremenda. A nivel psicológico, como una especie de fin del mundo. La situación en Portugal, por ejemplo, no se podía ni comparar con la española: nuestro tenebrismo es brutal. Según Chus, los españoles debemos aprender a ir más sueltos. “Nos creíamos muy locos”, dice, “pero resultó que de locos no teníamos nada. Falta precisamente demencia y sentido del humor. Al humor, como pieza fundamental de lo moderno, lo reivindico desde Cervantes. Un sentido de la vida un poco más relajado, abierto, flexible. ¿Fue alguna vez español el humor de El Quijote?”. Tras presenciar la obra de Rafael Álvarez, la respuesta afirmativa nos sale casi sin querer. Pero cuando enfilamos el camino de vuelta a casa y nos metemos en la cama, la pregunta, ya con cierta pesadumbre, continúa retumbando en nuestra cabeza. Terminamos cerrando los ojos e intentando soñar que vivimos locos y morimos cuerdos. ¿O era al revés?

[Teatro] Cartas de amor (Teatro Cervantes, Málaga, 05.11.2016)

A. R. Gurney estrenó Cartas de amor en Nueva York en 1989. En nuestro país se representó por primera vez tres años después en el Teatro Bellas Artes de Madrid. En aquella ocasión, la obra corrió a cargo de Josefina Molina, directora de películas como Esquilache (1988) o la imprescindible Función de noche (1981). En Cartas de amor recorremos el periplo vital de Melissa Gardner y Andrew Ladd III, dos amigos, también amantes ocasionales, que no pueden dejar de escribirse. Nada más comenzar asistimos, a través de la lectura de las cuantiosas misivas, a las primeras tentativas amorosas y sexuales, las descripciones de eternas vacaciones estivales o los deseos para un futuro laboral cada vez más cercano.

En la actualidad es David Serrano el que recoge el testigo de la obra. El director de Una hora más en Canarias (2010) o Tenemos que hablar (2016) cuenta para ello con Julia Gutiérrez Caba en el papel de Melissa y Miguel Rellán en el de Andrew. Serrano y Rellán buscaban desde hace varios años alguna obra para montar juntos, pero no conseguían encontrar el texto adecuado hasta que se toparon con estas cartas de Gurney. Julia Gutiérrez Caba, tras leer la función, aceptó interpretar el papel de Melissa.

La representación de la obra es sencilla en su escenografía. Sobre las tablas encontramos un par de sofás secundados por multitud de pequeñas luces que alumbran las miles de palabras que se dirigen Melissa y Andrew. El propio Gurney ha insistido en que sería una equivocación recurrir a una puesta en escena convencional, ya que aquí lo que prima es la palabra.

Conforme avanzan los minutos, que en este caso podríamos contabilizar también por años, la iluminación irá decreciendo. Rellán y Gutiérrez Caba apenas levantan la vista de los papeles. Las cartas, arrojadas al aire una vez leídas, se acumulan a los pies de los protagonistas. Tras casi hora y media andamos, al igual que ellos, irremediablemente enamorados de la relación entre Melissa y Andrew. Por eso, cuando hacia el final la oscuridad acecha el escenario y las vidas de ambos, reconocemos un nudo en nuestra garganta: son las consecuencias inmediatas de escuchar estas cartas de amor a la vida.

[Concierto] Chucho Valdés & Joe Lovano Quintet (Teatro Cervantes, Málaga, 25.10.2016)

El primer encuentro entre Chucho Valdés y Joe Lovano tuvo lugar en La Habana durante los años ochenta. Ambos músicos eran muy apreciados por Bruce Lundvall, productor discográfico norteamericano que trató con infinidad de artistas de renombre como Willie Nelson, Wynton Marsalis o Norah Jones. Entre sus logros también encontramos el de haber conseguido que el sello Blue Note volviera a levantar cabeza. De ahí que, en cierto modo, los conciertos de esta gira sean un homenaje a la figura de Lundavall, fallecido el pasado año. La tournée entre Valdés y Lovano ha pasado por Francia, Portugal, Reino Unido y España, penúltima parada antes de finalizar el tramo europeo en AlemaniaA partir de noviembre recorrerá también Canadá y los Estados Unidos, rematando con seis fechas en el Birland de Nueva York.

Ambos, el pianista y el saxofonista, han terminado reuniéndose dentro de un quinteto que completan tres músicos cubanos: el contrabajista Gastón Joya y el percusionista Yaroldi Abreu —colaboradores habituales de Chucho—, y el batería Francisco Mela, músico cercano a Lovano. Juntos repasaron, respetuosos, piezas de Duke Ellington, Charlie Parker o Thelonious Monk siempre bajo un marcado y agradecido deje latino. Valdés, que reside en Benalmádena, nos agradecía nuestra presencia y declaraba que Málaga era ya su casa. Seguidamente se lanzaba a acariciar las teclas de su piano a un ritmo endiablado a la par que radiante. Lovano, tras finalizar sus intervenciones, se agazapaba tras la banda. Desde allí asentía y lanzaba alguna carcajada hasta que se requería nuevamente su presencia frente al micrófono. Además de invocar a los gigantes del jazz, también hubo tiempo para composiciones propias como Charlie ChanThe dawn of timeEternity o el bolero Tres palabras, que no tuvieron dificultad alguna para encajar en el notable repertorio.

Sobre el escenario, tras Valdés y Lovano, se sitúan Abreu, Mela y Joya. Los tres, sin excepción, cosecharon numerosas ovaciones a lo largo de la noche. No pasó desapercibido el intenso trato al que Joya sometió a su contrabajo: prácticamente tumbado sobre él, sus dedos subían y bajaban por las cuerdas como si de ardillas se tratasen. Y cuando Abreu se lanzaba frenéticamente a la percusión, Joya le secundaba golpeando y volteando su instrumento. Francisco Mela, por su parte, levantó exclamaciones en cada uno de sus pasmosos solos, colmados todos ellos de eficaces tretas tras los platillos. Ver para creer.