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[Serie] Horace and Pete

Louis C. K. hay que conocerlo y quererlo, principalmente, por la serie que lleva su nombre. Estrenada a comienzos de 2010 en la cadena FX Network, Louie narra las peripecias de un cómico de Nueva York que está divorciado, es padre de dos hijas y ha sobrepasado ya la barrera de los cuarenta años. El humor, negrísimo por momentos, es la nítida base sobre la que se cuecen las cinco temporadas emitidas hasta el momento. Pero a pocos se les puede escapar el progresivo viraje hacia una comedia más amarga y reflexiva, menos amable, que han experimentado los guiones de la última tanda de episodios. En cualquier caso, la receta de Louie es similar a la utilizada en sus estupendos monólogos y en Lucky Louie (2006), sitcom para la HBO en la que compartía protagonismo con Pamela Adlon. En Horace and Pete, compuesta de diez capítulos, se mantienen los rasgos característicos de las producciones de Louis, pero en esta ocasión, al mismo tiempo que los perfila, avanza con paso decidido a través de nuevas sendas, varias de ellas con parada en alguna que otra cima.

A Louis C. K. —que interpreta aquí a Horace Whittell VIII— le acompañan Steve Buscemi (Pete), Edie Falco (Sylvia), Alan Alda (tío Pete) y Jessica Lange en el sugerente papel de Marsha, todos ellos integrantes de un plantel que comparte un mismo escenario: el pub Horace and Pete’s, que el pasado 2016 celebraba su primer siglo en pie y que desde sus comienzos ha sido regentado, sin excepción, por descendientes de los originales Horace y Pete. Esta ley no escrita, a toda luz inviolable, dará pie a los primeros altercados dentro del vetusto establecimiento. De forma parsimoniosa, y con una propuesta formal contigua al teatro, iremos conociendo a los clientes habituales del bar a través de sus inevitables opiniones, quejas y anécdotas. Por la puerta también aparecerán turistas despistados que serán devueltos a la calle de forma inmediata si tienen la ocurrencia de pedir al viejo Pete un margarita o un gin-tonic, brebajes, como tantos otros, prohibidos por allí.

Más allá de las dos o tres canciones que suenan en determinados momentos —no contabilizamos aquí la melodía compuesta por Paul Simon para la serie—, Horace and Pete carece de música. Tampoco nos llega el jaleo producido por las conversaciones de fondo. Los personajes, cerveza o whisky en mano, parecen moverse y hablar a través de un limbo de madera al que apetece entrar pero no salir. La sensación que envuelve al espectador es similar, y no es descabellado sentirse un parroquiano más conforme pasan los minutos. En las discusiones de los personajes hay espacio para la política y las groserías, pero también para acordarse de la enfermedad, la muerte, la soledad o la importancia de la familia. Todo ello sin apenas perder de vista la risa, la sonrisa, los buenos diálogos, la emoción. Con Louis, un vez más, toca aplaudir.