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Dietario 10

Las andanzas en los bosques de Sue Hubbell me hicieron recordar las ganas que tenía de dedicarle unas palabras a nuestro huerto. Después de algunos años sin plantar nada, el pasado mes de mayo nos decidimos a probar suerte. La cosa no ha podido ir mejor, ya que los pimientos, tomates, calabacines y pepinos han brotado sin descanso, fuertes y coloridos, con un sabor excelente. También nos han proporcionado alegrías las berenjenas, cebollas y calabazas. Con las sandías, por el contrario, no hemos tenido tanta suerte. En plenas navidades la tierra nos sigue regalando verdura fresca. Poca y no tan fornida como hace unos meses, cierto, pero aún así es algo digno de celebración.

Las ñoras lucen de un rojo incontestable, lo que demuestra que están maduras y gozan de buena salud. Si no se recogen y se dejan secar al sol aún más tiempo terminarán convertidas en rastras que, junto a las ristras de ajo, tan frecuentes son en la decoración de cocinas y restaurantes españoles. La ñora se emplea en la elaboración del pimentón, como acompañamiento de los huevos fritos o como aderezo de algunas ensaladas. No es extraño consumirlas en sofritos y arroces, sobre todo en Alicante y Murcia. En Cataluña se utiliza como ingrediente principal de la salsa romesco, y en Cartagena para preparar el plato más representativo de la ciudad: el caldero. Ahora son las habas las que crecen sin parar. Están rodeadas de tres o cuatro naranjos muy cargados y un pequeño limonero que se niega a ceder protagonismo.

Una mañana del pasado verano, mientras regaba la tierra, leí esto de Francisco Casavella: “La sabiduría es poseer un magnífico sentido del humor, siempre bajo la atenta vigilancia de una lucidez nada presuntuosa, pero capaz de asomar formidable en una situación, en una frase, en un giro de diálogo o en un párrafo, como la carcajada que parece o el respiro que en realidad es. Ser sabio es poseer el don de la ironía, si ese sustantivo no se hallara hoy completamente gastado por la boca de un millón de lechuguinos. Pero ser sabio es ser irónico y, a veces, darse un sordo puñetazo de rabia en el muslo”.

Dietario 9

Llevaba unos meses detrás de Un año en los bosques, el libro de Sue Hubbell. La sinopsis dice así: “Sue Hubbell, bióloga de formación, trabajaba como bibliotecaria en una importante universidad americana y llevaba una vida normal, seguramente demasiado normal. Un buen día, definitivamente harta de la omnipresente sociedad de consumo norteamericana, tanto ella como su marido deciden que quieren otra vida, más rica, más plena, más cercana a sus verdaderos ideales y a la naturaleza salvaje que tanto añoran. Entonces, y con las lecturas de Henry David Thoreau en la cabeza, deciden dejarlo todo y marcharse a vivir a una solitaria y destartalada granja en los bosques de las montañas Ozarks, en el Medio Oeste de Estados Unidos. Sin embargo, al poco de llegar, el marido de Sue decide abandonarla”.

Hay que decir que Un año en los bosques no es una novela: son fragmentos de una vida real centrada en los árboles, los animales, las plantas. En este compendio de pasajes silvestres las abejas tienen un protagonismo especial, ya que Sue y su marido, nada más instalarse en los bosques, deciden fundar una granja de abejas. Pero también aparecen pollos, perros, coyotes, serpientes, ranas y hasta personas.

Me ha gustado lo que cuenta Sue Hubbell. Su lectura también me ha ofrecido la posibilidad de conocer a la persona que con anterioridad había cogido el libro de la biblioteca. Se trata de Paula, con la que coincidí hace muchos años en un cursillo de diseño asistido por ordenador. Ahora es Doctora en Medicina y Tecnología Veterinaria. Vivió en Chile una temporada, pero volvió a España cuando su pareja le abandonó. “Está superado”, dice, “aunque me sigo riendo como loca cuando recuerdo algunas de sus ocurrencias. Un día me dijo que Antonio, uno de sus amigos, era tan bajito que le daba vértigo”. Le advierto, sin pensarlo, que la frase esa es de Jules Renard y su cara se convierte en un poema. Más concretamente, en un haiku. No sabemos si volver a quedar otro día.

Dietario 8

Es seis de octubre y parece ser, ahora sí, que el de hoy será mi último baño de la temporada en la piscina. Entro en la casa, cruzo el pasillo y veo encima de la cama la maleta dando un gran bostezo. Dentro se mezcla la ropa sucia de estos días con algunos libros y películas. Está claro que no soy como Ana: ella es tan ordenada que, si pudiera, clasificaría también los sentimientos. En uno de mis bolsillos guardo la primera manzana del otoño que he cogido de forma concienzuda, seleccionándola tras descartar a diez o doce de sus hermanas. Supongo que terminará en la boca de alguien, pero aún no he decidido en la de quién.

Ayer bebí bastante. Tomé la primera copa mientras leía El cuaderno gris, de Josep Pla. He ido señalando muchas de sus más de ochocientas páginas. También algunas reflexiones aisladas como la siguiente: “Una de las cosas más turbias, desconcertantes y desagradables de la vida, es constatar que a casi todos nos apasiona más una mala acción divertida que una buena acción aburrida”. Detengo mi lectura para ver la entrevista que Joaquín Soler Serrano realizó a Pla en el programa A fondo en 1976. Sin parar de fumar, Pla comienza afirmando que lo primero que tiene que hacer un escritor es hacerse inteligible para la gente más sencilla. Contra la literatura de imaginación, él ha hecho siempre literatura de observación. Declara que fuma para buscar adjetivos y que la condición indispensable para ser feliz en esta vida es no ser envidioso. Dedica hermosas palabras a Tolstoi y Montaigne, pero a Dostoyevski le llama degenerado. Apago la televisión y termino la segunda copa. No pienso escribir sobre el resto de la noche.

Dietario 7

Leo con cierto placer La aventura de ser maestro, de José M. Esteve, Catedrático de Teoría e Historia de la Educación en la Universidad de Málaga fallecido en 2010. Esteve nos habla en el texto de la profesión docente. Tras veinticinco años de recorrido, afirma que nadie nos enseña a ser profesores, más bien aprendemos por ensayo y error. A través de una necrológica de Unamuno sobre Giner de los Ríos encontró la definición más acertada de magisterio: dedicar la propia vida a pensar y sentir, y a hacer pensar y sentir; ambas cosas juntas.

Esteve llegó a la conclusión de que el objetivo final en la docencia es ser maestro de humanidad. Es decir, ayudar a los alumnos a comprenderse a ellos mismos y a entender también el mundo que les rodea. Para ello el camino más conveniente será el de rescatar, en cada una de las lecciones, el valor humano del conocimiento. La tarea del docente es recuperar las preguntas, las inquietudes, el proceso de búsqueda de los hombres y mujeres que elaboraron los conocimientos que ahora figuran en los libros. Hay que recrear el estado de curiosidad en el que se obtuvieron las respuestas.

Las palabras de Esteve me traen a la cabeza algunas páginas del libro Las pequeñas virtudes, de Natalia Ginzburg. Uno de sus ensayos comienza así: “Por lo que respecta a la educación de los hijos, creo que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes, sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber”. Ginzburg también escribe que cuando somos felices nuestra fantasía tiene más fuerza. Sin embargo, la infelicidad hace que sea nuestra memoria la que actúe con más brío.

Dietario 6

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Me cuenta Luis que la otra noche quedó en casa de un amigo para cenar y regresó a su cama a la hora del almuerzo del día siguiente. “Había carne y ensalada, pero sobre todo chicas. Terminé yéndome con una de ellas a la playa”. Siempre ha sido muy reservado, pero en esta ocasión termina su relato confesando que, al mismo tiempo que amanecía y asomaba a lo lejos el Peñón de Gibraltar, una de sus manos sujetaba una botella de whisky caro -y bueno- mientras la otra reposaba en el muslo izquierdo de Ana. “Luego la llevé a casa, nos despedimos en el coche y hasta hoy. Le flipa Janis Joplin”. Sonreía. “Bares, esos estercoleros de amor”, concluyó. La conversación con Luis me hizo recordar la primera vez que invité a Rosa a tomar algo. “No tomo café con gente que no conozco. Pero una copa, sí”, contestó. Creo que nunca saldrá de mi cabeza. La respuesta, tampoco.

La enfermiza lista de libros a los que prestarle atención sigue aumentando. Ahí van algunos de los títulos anotados en el dietario en las últimas semanas: Los siete locos (Roberto Arlt), Ventajas de viajar en tren (Antonio Orejudo), Los pasos perdidos (Alejo Carpentier), los diarios de Josep Pla y Jules Renard, Ejercicios de estilo (Raymond Queneau), Leyendo escribiendo (Julien Gracq), El whisky de los poetas (Jorge Edwards), El oficio de vivir (Cesare Pavese) o Future days, de David Stubbs. También cómics de Antonio Altarriba, Alex Robinson, Alfonso Zapico y Estefanía Luque.

Creo que fue Joaquín Sabina, entrevistado por Fernando Sánchez-Dragó, al que le escuché decir que un escritor de avanzada edad -no recuerdo quién- le contó que había comenzado a despedirse de aquellos libros que no iba a poder leer. “Además”, añadía, “lo que más apetece en este atardecer, en esta caída, es volver sobre tus lecturas favoritas”.

Dietario 4

Me dijo Ana la otra noche que tenía nuevamente ganas de desaparecer. Recordé mis festejos internos cuando me dicen que estoy muy perdido, que dónde me meto. Comparto con Ana muchas cosas, pero su interés por esfumarse con cierta frecuencia es uno de los rasgos que más me fascinan de ella. Alguien, no recuerdo ahora quién, se preguntaba si es extraña la sensación de alegrarse secretamente al comprobar que nos ocultábamos un poco de todo y de todos. ¿Cómo lo haremos para desaparecer?

A Cortázar le pasaba algo similar. Lo contó en la memorable entrevista que mantuvo con Joaquín Soler Serrano en el programa A fondo de Televisión Española en 1977: “Me siento bien solo, puedo vivir solo. Y eso, sobre todo, en mi juventud. Luego, viviendo ya en Europa, por otros motivos, descubrí a mi prójimo […] Es un poco como la historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Me sucede, y es algo que yo lamento, que a veces, en grandes reuniones en las que me siento muy bien, hay un minuto en que Mr. Hyde me dice en el oído “¿porque no estás escuchando un disco tranquilo en tu casa?”.

Parece ser que “desaparezca aquí” es una indicación que podemos leer en una de las novelas de Bret Easton Ellis. Nacho Vegas tituló así su tercer disco. En la portada apenas distinguimos su rostro, aunque la hermosa melena aún resiste ante una creciente oscuridad. En sus canciones abundan, si nos lo proponemos, textos que nos hablan de quitarse de en medio, de transformarse. De trazar nuevos planes aunque las maniobras sigan siendo las mismas. “Todo el mundo fantasea con una muerte dramática”, canta en la introducción.

Encima de los escenarios, sus tentativas de desaparecer se basaban en las historias que relataba entre canción y canción. Hablo de hace ocho o diez años, antes de que la vida manca llamara a su puerta. A finales de 2006, durante un concierto en Córdoba, nos contó que el día anterior había estado en Jaén. Junto a un amigo se dirigió a comprar aceite, pero primero preguntaron dónde podían conseguirlo a buen precio y en grandes cantidades. Cuando obtuvieron la información, ambos se dirigieron rápidamente al lugar indicado. Al llegar allí les recibió un hombre que portaba, literalmente, un rifle entre las piernas. A su lado aparecieron dos efebos grandes y bien formados que parecían ser guardaespaldas. Nacho les comentó el motivo de la visita y ellos le vendieron el aceite a veintiocho euros la botella. A continuación pasaron a una sala cuyas paredes estaban adornadas con narices y antifaces similares a los que se utilizan en los carnavales. De fondo sonaba una y otra vez una canción del primer disco de Pink Floyd.

Dietario 3

Insisten en que lea El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina. Confío en el criterio de las personas que lo recomiendan, pero no puedo desdeñar el de Ana, que pocos días antes me dijo que no le había gustado nada, al menos las cincuenta páginas que se tragó hasta que me vomitó su veredicto: “Es una mierda. Tú verás”. Pero lo dijo sonriendo. Terminamos el café y pedimos cerveza. A Muñoz Molina, al igual que a mí, le gusta mucho Montaigne. Más de una vez he leído con entusiasmo los textos que ha dedicado a sus ensayos en El País. En uno de ellos comentaba que “uno se esconde como puede en la vida privada y se retira a un silencio que está hecho en gran parte de las palabras luminosas y acogedoras de unos cuantos libros”. En ocasiones, al igual que hacía Josep Pla, paso un día entero de invierno en la cama leyendo a Montaigne. El efecto que produce, a la vez tónico y sedante, es siempre bienvenido. Volviendo a Muñoz Molina, escribe que Montaigne “consideraba que uno de los indicios más seguros de la sabiduría era un disfrute constante de los placeres de la vida, más valiosos todavía por ser pasajeros e inseguros”. 

Finalmente me prestan El jinete polaco y hago la promesa de leerlo, aunque no tengo fecha límite para ello -o eso creo-. Al día siguiente, nada más entrar en la biblioteca, me topo con el nuevo número de la revista Mercurio, en cuya portada aparece un dibujo de Montaigne. También en portada nos avisan que dentro encontraremos artículos de Victoria Camps, Fernando Savater o Muñoz Molina. De hecho, su nombre, el de Muñoz Molina, figura en primera posición si empezamos a leer como nos han enseñado, de arriba abajo. Aún no he abierto la revista, pero en más de una ocasión durante esta mañana he cruzado alguna mirada con el retrato de Montaigne. Ese gesto, esas miradas distraídas y hasta furtivas, es más de lo que suelen ofrecer actualmente las publicaciones gratuitas. Me gustaría hacerle llegar estas palabras a Guillermo Busutil, director de Mercurio, escritor y periodista granadino que con La vida a la carta, un artículo aparecido en La Opinión de Málaga el año pasado, ganó hace unos meses el Premio Nacional de Periodismo Francisco Valdés.

Termino el texto mientras escucho un fragmento de Los exiliados románticos, la película de Jonás Trueba. En él, Isabelle, una de las protagonistas, anuncia en una cena entre amigos que “después de ese tiempo trabajando con gente que le queda poca vida, he llegado a tomar una decisión que llevo aplazando mucho tiempo. Voy a tener un bebé”. “¿De cuánto estás?”, le preguntan. “No, no, aún no estoy embarazada. Pero voy a ser mamá”. “¿Y el padre?”. “No sé quién va a ser el padre, pero lo que sí sé es que va a ser niña”.

Dietario 2

Parece que el otoño ha llegado, pero el calendario no engaña a nadie: estamos a 27 de agosto y aún quedan algunas semanas para que el verano se marche. Mi desaliño estético -camisa con un solo botón abrochado, chanclas y bañador- marca igualmente horas de sol y piscina. Leo en el porche que hay coincidencias y casualidades con las que te mueres de risa y hay coincidencias y casualidades con las que te mueres. También repaso citas de Faulkner, Ricardo Piglia y visualizo una vez más el Nighthawks de Edward Hopper, lo que me hace pensar en Tom Waits, en Martha, en beber. Abro una botella de vino.

El otro día me di cuenta que cuatro o cinco amigos míos tienen libros publicados. A estas alturas se antoja más sencillo escribir y publicar uno que plantar un árbol o tener un hijo. Menos arriesgado. Pero no sé si alguno de ellos encaja en la definición que Sergio Pitol hace de los escritores. Para el mexicano, “ser escritor es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Es hacerse pasar por otro”.

Leo también que Julio Arward vive en la calle Garriga Vela de Málaga. No me suena de nada, como la mayoría de calles de mi ciudad. La busco en Google y parece que no existe. Pero descubro al escritor José Antonio Garriga Vela, nacido en 1954 en Barcelona y con residencia habitual en Málaga. Pertenece a la Orden de Finnegans -que se obligan a venerar el Ulises de Joyce- y en octubre de 2015 declaraba en Diario Sur que se lo pasa en grande escribiendo. Parece ser que Muntaner, 38 es su obra más reconocida.

Rosa asegura tener la receta para luchar contra el mal de Montano, para ayudar a los enfermos de literatura. Mientras mordisquea una manzana dice que me dedique por un tiempo a hacer turismo no cultural. Que pase horas, por ejemplo, mirando como nacen los tomates en el campo. Le advierto que desde mi posición actual se puede echar un ojo al huerto entre página y página. “Estás hecho un libro”, me espeta. Intento hablar pero ella me lo impide una y otra vez. Y pienso en algo que decía Jules Renard en sus diarios: “Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido”. Termino la llamada con Rosa -hablábamos a través del teléfono- y me limito a mirar la sierra de Tejeda. Cierro los ojos. Aquí hay uvas, higos, pimientos, chumbos y aceitunas. Está Adán y a veces Eva. Existe el pecado. Me dirijo a los pájaros y les invito al Paraíso.