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Enrique Vila-Matas. Dietario voluble

enriquevilamatas_dietariovolubleDietario voluble contiene las anotaciones hechas por Enrique Vila-Matas en su cuaderno personal entre diciembre de 2005 y abril de 2008. A un lector habitual de su obra apenas sorprenderá lo que encontramos en sus casi trescientas páginas. Pero un primerizo podrá descubrir más o menos de un plumazo a qué juega este hombre en sus libros desde hace ya algunos años, probablemente desde sus comienzos. Además de la escritura y la literatura -Enrique, él bien lo sabe, sufre del mal de Montano-, hay espacio para sus aventuras y reflexiones dentro y fuera de Barcelona.

Uno de los sucesos más terroríficos que relata corresponde a un texto de diciembre de 2006. “Es peligroso regalar”, avisa, “no podemos regalar nada que nos guste mucho, pues si casualmente llegamos a encontrar algo maravilloso, el impulso natural nos conduce a quedárnoslo, nos lo apropiamos, no llega nunca a la persona a la que pensábamos obsequiar”. Tal vez lo más difícil sea regalar libros. Vila-Matas parece haber sufrido algunas decepciones al respecto. Es complicado regalarlos “cuando quien los recibe pregunta si merece la pena leerlos”, pero también cuando el destinatario es muy exigente y mira los libros “con extraña atención y acaba preguntándote si les acabas de regalar medio kilo de papel y tinta o bien una nueva vida”. Especialmente peliagudo es regalar un libro a esas personas que solo se fijan en el título. “Me ha ocurrido”, cuenta, “que regalé El arte de callar, de Dinouart, a alguien tan susceptible que pensó que trataba de indicarle que fuera menos charlatán, que hablara menos, sobre todo en mi presencia”. El día que le dio por regalar El laberinto de la soledad, de Octavio Paz, “el amigo tímido que lo recibió y que llevaba años sufriendo en silencio su condición de solitario casi rompió a llorar porque había creído leer El laberinto de tu soledad“. Y no sabemos qué pensaría aquella amiga deprimida a la que le compró Rumbo a peor, de Samuel Beckett.

Por sus páginas vuelven a pasear, juntos, revueltos o por separado, caras tan reconocibles dentro de su obra como Kafka, Ricardo Piglia, Pessoa, Sergio Pitol, W.G. Sebald o Juan Villoro. Citas de todos ellos trufan el dietario, aunque no hemos comprobado si son ciertas, si no hay algún tipo de amaño en ellas. Poco importa a estas alturas. Hay una de Antoine de Rivarol que registré con cierta algarabía: “¿La eternidad? Sin duda me encantará; uno entra en ella tumbado”. Por otro lado, supone un placer leer su entusiasmo ante lecturas de Slavoj Žižek (En defensa de la intolerancia), Raymond Queneau (Ejercicios de estilo), Julien Gracq (El mar de las Sirtes) o Montaigne. Y sacude siempre nuestra imaginación con pequeños párrafos que en manos de un Cortázar o de un Bolaño podrían alcanzar la inmortalidad. Es el caso de aquella historia “de un famoso escultor vasco que, cuando estaba solo y se aburría por las tardes en su casa de siempre (su casa natal), colocaba un cartel en la puerta donde decía: “Se vende”. Y se quedaba fumando un cigarrillo, asomado a la ventana, esperando. Era su manera de ir en busca de una conversación que llenara la tarde”.

El dietario, además de exhibir los particulares síntomas de un enfermo de literatura, es también una colección de lugares geográficos. Liubliana, París, Helsinki o Póvoa de Varzim, cerca de Oporto, se nos muestran bajo un tipo de luz nada habitual. Con Barcelona, su lugar de nacimiento y residencia, el tono suele ser grisáceo tirando a oscuro. “Ya no es sólo la barbarie que en una sola mañana a mí me ha alcanzado por tres ángulos distintos, sino también esa incomodidad creciente de notar que la ciudad ya no es nuestra, que es un gran parque temático para extranjeros y que en realidad con tanta estupidez ya se ha producido -en los próximos años simplemente se confirmará- el fin de Barcelona”.

Dietario voluble fue editado por Anagrama en 2008. En la foto de portada, tomada por Olivier Roller, observamos a un Vila-Matas de espaldas y con la mano izquierda introducida parcialmente en el pantalón. Un poco más abajo el retrato se agota. La imagen, como suele ser habitual en estos casos, está congelada. Probablemente no se vaya a mover jamás. Pero podemos jugar a imaginar con qué intenciones puso Enrique su mano ahí.

[Concierto] Juan Perro Trío (Teatro Cervantes, 17.04.16)

En su libro El ritmo perdido (Península, 2012), Santiago Auserón ahondaba en un descubrimiento que cambió para siempre, tras una visita a Cuba, su forma de escuchar y componer canciones: la africanidad del rock tenía aquí, en nuestro país, precedentes. “Todo el folclore peninsular”, comentaba hace unos años en una entrevista para El País, “ha estado bajo el signo de la negritud, sin menospreciar las influencias musulmanas y judías. Esa riqueza explica la enorme capacidad de irradiación de la música popular española sobre otros países europeos y, desde luego, sobre América”. Un rastro musical que él comienza a seguir desde los tiempos de la invasión musulmana. Posteriormente terminará popularizándose, adoptando diferentes formas, en el Siglo de Oro gracias a Quevedo, Cervantes, Góngora o Lope de Vega.

Un asombroso viaje que, de alguna forma, es lo que viene proponiendo Auserón desde hace años, especialmente en Río Negro (2011) y Juan Perro & La Zarabanda (2013), sus dos últimas referencias hasta la fecha. Un periplo que también traslada a sus conciertos, mezclando una vasta gama de sonoridades con relatos que contextualizan lo que canta mientras descubren también, para el que aún lo ignore, a un formidable orador. De esta forma visitamos Cuba, Nueva Orleans, México o cruzamos el Misisipi mientras Compay Segundo, Louis Armstrong, Marilyn Monroe o Dostoievski se pasean por las distintas e impagables historias -ficción o realidad, qué más da- que nos cuenta entre canción y canción. Saboreamos, entre risas, el jazz y el blues, pero también el tango y el mar Mediterráneo. Una panorámica amalgama que desde el primer momento consigue maravillar al público del Cervantes.

En el repertorio incluido en las más de dos horas de concierto encontramos temas de sus discos en solitario –Río negro, Pies en el barroReina Zulú-, otras en proceso de gestación –Los inadaptados, Nada– y alguna concesión a épocas más juveniles –Semilla negra-. No podemos olvidarnos de sus dos escuderos, personajes primordiales en sus recitales en formato trío: Joan Vinyals -guitarras y coros- y Gabriel Amargant -saxofón y clarinete-, ambos espléndidos, se antojan imprescindibles en la propuesta actual de un Auserón que, con o sin micro, aulló en una noche para el recuerdo. Cuando desde el patio de butacas le gritaron “¡Santi, eres grande!”, él, afinando su guitarra, respondió “regular”. Tras lo vivido anoche ambos se quedaron cortos: Santi es un gigante.

Bowie y el fascismo

¡Mirad, yo os enseño el superhombre! El superhombre es el sentido de la tierra. Diga vuestra voluntad: ¡sea el superhombre el sentido de la tierra! ¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vida, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!

(Así habló Zaratustra, Friedrich Nietzsche)

bowie__fascismo_3No hay que analizar en profundidad los primeros trabajos de David Bowie para toparse con referencias al tema de la raza suprema y el superhombre en algunas de sus canciones.“Siempre tuve una repulsiva necesidad de ser algo más que un humano. Me sentía endeble y pensaba que quería ser un superhombre”. Estamos a principios de los setenta, cuando personajes como Ziggy Stardust y Aladdin Sane, dos de sus creaciones más reconocidas, deambulaban por nuestro planeta mientras miles de seguidores se postraban a sus pies.

Poco después se presentaría ante el mundo como The Thin White Duke -el Delgado Duque Blanco-. Atrás quedaban las alucinadas vestimentas de Ziggy Stardust y sus Arañas de Marte. Primaban ahora, bajo un peinado sobresaliente, las camisas blancas almidonadas y los pantalones negros. No faltaba el paquete de Gitanes asomando del bolsillo del chaleco. Tampoco la cocaína, ingrediente esencial de su dieta californiana junto a la leche y, al parecer, los pimientos rojos. Nos referimos aquí al Bowie de 1975, escurridizo protagonista del documental de la BBC Cracked actor dirigido por Alan Yentob.

Con el paso del tiempo se evidenció la atracción de Bowie por todo lo concerniente al Tercer Reich. Su interés por el expresionismo alemán desembocó en terrenos incómodos. Años después, él mismo lo negaría: “En esa época estaba desquiciado, totalmente enloquecido. Funcionaba sobre todo a base de mitología […] Lo de Hitler y el derechismo […] Había descubierto al rey Arturo, […] el rollo racista”. Tachó de bromas y provocaciones las declaraciones aparecidas en la revista Rolling Stone, en febrero de 1976, tras la publicación del sensacional Station to station: “Para empezar, habría que enderezar los valores morales. Son repugnantes. Las masas son tontas. Sólo hay que ver los líderes culturales de ahora”. Por otro lado, estaba convencido de que él “hubiera sido un Hitler muy bueno, un dictador excelente. Muy excéntrico y bastante loco”.

En septiembre del mismo año, un jovencísimo Cameron Crowe entrevistaba a Bowie para Playboy. Hubo preguntas sobre Bob Dylan, James Dean, el amor, las drogas. Y surgió la figura de Hitler en la conversación. Según Bowie, “las estrellas de rock son fascistas. Hitler fue una de las primeras. Piénsalo. Mira sus películas y observa cómo se movía. Creo que era tan bueno como Mick Jagger. Utilizó la política y las herramientas del teatro para crear algo que gobernó y controló su espectáculo durante aquellos doce años. El mundo nunca volverá a ver a nadie como él. Escenificó un país”. La cosa no terminó ahí: “Creo firmemente en el fascismo. La única forma de aligerar la clase de liberalismo que está infectando el aire ahora mismo es acelerar el progreso de una tiranía de derechas totalmente dictatorial, y quitárnosla de encima lo antes posible. La gente reacciona de forma más eficiente bajo un gobierno militar”. David Buckley, en su biografía Strange fascination (2000), subraya unas declaraciones de Bowie en Estocolmo:“El Reino Unido se beneficiaría con un líder fascista”. También informa de una detención en las aduanas ruso-polacas por posesión de parafernalia nazi. En cualquier caso, hay que tener siempre en cuenta que muchas de las palabras atribuidas a Bowie, especialmente durante la década de los setenta, suelen aparecer sin citar ninguna fuente.

bowie__fascismo_2Pero, sin lugar a dudas, la historia más conocida del coqueteo de Bowie con el fascismo tuvo lugar el domingo 2 de mayo de 1976. El artista regresaba de Alemania, donde había ofrecido su primer concierto en Berlín el 10 de abril. En la estación Victoria de Londres esperaban con impaciencia cientos de fans y periodistas. Tras bajarse del Oriente Express, Bowie saludó a su audiencia desde el Mercedes-Benz negro descapotable que le esperaba. Pocos días después, la revista New Musical Express (NME) le dedicaba su portada. En ella, Bowie aparecía con el brazo derecho extendido, de pie dentro del coche –alemán-, agradeciendo a sus seguidores la espera y el cariño que mostraban. Bajo la foto, un contundente titular: Heil and farewell (Heil y adiós). La prensa enseñó los dientes y se abalanzó sobre su presa. Muchos periodistas confirmaron que su saludo no había sido ni un “signo de paz” ni un “efecto de luz”, justificaciones dadas por el propio Bowie pasado algún tiempo. Un año después, a través del semanario británico Melody Maker, el artista sentenciaba: “No soy un fascista”.

Poco después de su regreso a Londres, Bowie se trasladó a Blonay, en Suiza. Allí pasaría la mayor parte del tiempo pintando y leyendo. También paseando y charlando con Oona O´Neill, la mujer de Charlie Chaplin. En junio produjo The idiot para Iggy Pop entre Múnich y Berlín. Durante esas semanas comenzaría a gestarse su siguiente disco, Low (1977), el primero de la comúnmente conocida como “trilogía berlinesa” que completarían “Heroes” (1977) y Lodger (1979). Tras confirmarse en septiembre que Bowie estaba viviendo en Berlín, la prensa especuló una vez más sobre su fijación por la República de Weimar y la Alemania nazi. Las razones esgrimidas por Bowie eran otras: vivir en aquel Berlín, fascinante y decadente a partes iguales, le servía de terapia e inspiración. Atrás fueron quedando las ingestas de cocaína y la locura californiana. También se alejó de su mujer, Angela, de la que terminaría divorciándose en 1980. Su piso, situado en el barrio de Schöneberg, se encontraba en un insípido edificio de la Hauptstrasse. Desde allí comenzaría un nuevo capítulo de su vida y entregaría, ya junto a Brian Eno, algunos de sus discos más recordados. Como rezaba una de las canciones del memorable Low, Bowie, una vez más, inauguraba una nueva carrera en una nueva ciudad.

 

El diario de Thoreau

eldiario_thoreau_capitanswingHenry D. Thoreau (1817-1862) comenzó a escribir su diario cuando tenía veinte años. Desde ese momento y hasta su muerte completaría más de siete mil páginas que editarían por primera vez Bradford Torrey y Francis H. Allen en 1906. Esta primera publicación se repartía en catorce volúmenes. Luego llegarían nuevas reimpresiones y ediciones –las de Dover Books o Peregrine Smith Books- que irían completando el original tras el descubrimiento de nuevos textos.

En la edición que nos ocupa, El Diario (1837-1861), publicado por Capitán Swing en 2013 y traducido por Ernesto Estrella, Damion Searls intenta condensar en 360 páginas el espíritu de un diario tan desbordante como el de Thoreau. “Hay libros –escribe Searls en el prólogo- a los que una versión abreviada les hace poca justicia y, sin duda, mucho de lo que es esencial en este, se pierde: su alcance, su magnitud, su cotidianeidad. No hay modo de perfilar o simplificar la experiencia de exponerse al hecho de que Thoreau escribió un ensayo bastante extenso sobre los acontecimientos del día, cuyo resultado mensual oscilaba entre las 80, 100 o 120 páginas”. Searls también explica la metodología que ha seguido para podar el diario, trabajo meticuloso y agotador que sólo podemos calificar de sobresaliente una vez terminada nuestra lectura.

Pero, ¿qué encontramos en los escritos de Thoreau? El diario se basa principalmente en las descripciones de sus paseos diarios por los alrededores de Concord (Massachusetts), comentando flora y fauna de la zona, así como sus distintas conversaciones con vecinos y compañeros de trabajo. No todo es andar: también hay tiempo para reflexiones vitales sentado frente al fuego del hogar. Su forma de encarar la vida le llevó a prisión en 1846 tras negarse a pagar impuestos en oposición a la esclavitud en Estados Unidos y a la guerra contra México, hecho que culminaría con la publicación de La desobediencia civil (1848), una de sus obras más conocidas. La otra sería Walden (1854), donde relata los dos años que vivió solo, de 1845 a 1847, en una cabaña del bosque de Walden Pond, aunque siempre cerca de familia y conocidos como Ralph Emerson, probablemente su mejor amigo.

henry_david_thoreauHay pasajes esclarecedores para intentar entender el pensamiento de Thoreau con cierta precisión. Desde numerosos párrafos dedicados a su particular filosofía de vida, a otros centrados en el hecho de escribir día tras día en el diario: “De todas las cosas inexplicables y extrañas, esta de llevar un diario es la más extraña. No se puede decir nada sobre ello. Si hago un esfuerzo enorme por sacar a la luz mis bienes más íntimos, el mostrador aparece abarrotado con materiales pobres y caseros. […] No tenemos aún el modo de expresar nuestros anhelos, pero si nos mantenemos firmes y obedientes, en un año tendremos a nuestra disposición el lenguaje de los anhelos del año anterior […] Puede que este diario sea un calendario de los flujos y reflujos del alma; y en estas páginas, como en una playa, quizá se acumulen perlas y algas”.

Otros días, Thoreau se dedica a enumerar sus descubrimientos o a intentar describir las sensaciones que le producen la contemplación del cielo y los pájaros. Textos como el dedicado a la primera marmota de la temporada, o la forma de narrar la jornada en que, accidentalmente, inició un incendio en el bosque, nos revela a un escritor de notable prosa, envidiable ritmo y cierto toque humorístico que, suponemos, el autor nunca buscó.

Actualmente se está publicando una edición definitiva del Diario: The writings of Henry D. Thoreau, de la Princeton University Press, consta de dieciséis tomos y cada volumen tiene un precio aproximado de ciento treinta euros. Hagan la cuenta. En cualquier caso, este Diario de Damion Searls funciona estupendamente como creación independiente, completando junto a La desobediencia civil y Walden el grueso de una obra a la que, al menos una vez en la vida, merece la pena hincar el diente.

 

 

Suze Rotolo sobre Bob Dylan (1)

Bob_Dylan_-_The_Freewheelin'_Bob_DylanSuze Rotolo, para bien o para mal, siempre será recordada como la novia de Bob Dylan. Al menos para melómanos como nosotros. Es inevitable escuchar o leer su nombre y no visualizar la portada del disco The freewheelin’ Bob Dylan (1963), donde aparecen los dos juntos: Susan agarra el brazo izquierdo de Bob mientras caminan por el West Village de Nueva York. La nieve bajo sus pies y las caras de uno y otro consiguen transmitirnos el frío que sacudió aquel día. Don Hunstein, el fotógrafo, lleva guantes y les anima con sus palabras a que sigan caminando, a que sonrían.

Alguien que estuvo íntimamente relacionado a Dylan entre los años 1961 y 1964 siempre tendrá mucho que contar. La audiencia que le escuche se contará por miles, probablemente por millones de personas. No fueron pocas las ocasiones en que Suze, antes de su muerte hace unos años a causa de un cáncer de pulmón, habló y escribió sobre ello. Uno de esos textos se encuentra en el libro How does it feel (Rowohlt Berlin, 2011), de Klaus Theweleit. Lo que ahora sigue es una adaptación libre de mi pobre traducción del original alemán en un, eso sí, sano ejercicio a la hora de intentar sumergirse en el aprendizaje de otros idiomas.

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Bob: un retrato (por Suze Rotolo)

Bobby solía llevar un gorro de pana y camisas de colores tristes. Continuamente le remendaba los pantalones. Dave Van Ronk le aconsejó cuidar y desarrollar una imagen con la que él estuviera cómodo y, al mismo tiempo, sirviera para que el público pudiera reconocerle fácilmente. Por aquel entonces todo parecía –tal vez lo fuera- arriesgado, vanguardista, revolucionario. Mi madre era inmune a ello, pero las mujeres mayores encontraban encantador a Bob. Él era consciente de ello y solía utilizarlo cuando la ocasión lo requería. Aunque por lo general era tímido. Ya estuviera de pie o sentado, tenía la costumbre de mover las rodillas sin parar. Era algo arrogante, bastante paranoico y tenía un maravilloso sentido del absurdo. La verdad es que nos entendíamos bien.

Para él era primordial escribir de la misma forma que hablaba. La gente le prestaba atención. Recuerdo una vez, cuando ya no estábamos juntos, que fuimos a Filadelfia con Dave Van Ronk y su mujer, Terri Thal. Terri les había conseguido un concierto en algún café. Bobby subió al escenario y, con la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás y la mirada perdida en el vacío, empezó a cantar una balada tradicional llamada Dink Song. El ruido en el café era ensordecedor pero, poco a poco, el público dejó de hablar:

Si tuviera alas como la paloma de Nora

Volaría cruzando el río hacia la que amo

Que te vaya bien, cariño

Que te vaya bien

Algunas tardes íbamos al restaurante Emilio en la esquina de la Sexta Avenida y Bleecker Street. Había un espléndido jardín detrás del edificio y Bob, mirando hacia él, me preguntaba –se preguntaba- en qué consistía la esencia de la libertad. “Suze, ¿son los pájaros realmente libres? Están encadenados y forzados a volar en el cielo. Por tanto, ¿son realmente libres?”.

La ciudad del folk

suze_dylan_2Dylan llegó a Nueva York en el invierno de 1961 desde Minnesota y fue directo al Greenwich Village, en el centro de Manhattan. La primera vez que lo vi fue en el Gerde´s Folk City. Se hacía acompañar de distintos músicos. Uno de ellos era el cantante Mark Spoelstra, que tocaba una guitarra de doce cuerdas y tenía un bonito tono al cantar. Bob ofrecía un curioso contraste con su voz ronca y la armónica. Luego salía al escenario él solo. Su repertorio se basaba en canciones folk tradicionales y en temas de Woody Guthrie. No sonaban nada mal.

Hablábamos mucho sobre irnos a vivir juntos, pero a mí aún me quedaban unos meses para cumplir los dieciocho años. Bob estaba a punto de cumplir los veintiuno. No me hacía gracia el tener que esperar, pero finalmente fue lo que hicimos. La opción de casarnos la habíamos descartado prácticamente desde el principio debido a nuestra juventud y situación. En aquellos tiempos se consideraba pecado vivir en pareja sin estar casados. Ser una madre soltera era, por decirlo suavemente, un suplicio. Abortar estaba prohibido y era una alternativa peligrosa. Los cambios sociales de los años 60 y la posterior liberación de la mujer establecieron leyes seguras y legales para el aborto.

Durante el tiempo que tuve que esperar para mudarme con él, Bobby se quedaba de vez en cuando en el piso de Micki Isaacson. No sabía mucho de ella, únicamente que se mostraba siempre alegre y amigable. Me recordaba a Doris Day. Daba la sensación de que quería convertir su casa en algún tipo de hostal para artistas. Hubo noches en las que por allí acamparon, juntos, Peter Yarrow, Jack Elliott, Jean Redpath y Bobby. Y sé, aunque no lo recuerde, que mucha más gente pasó allí la noche. Yo intentaba estar con Bobby hasta la madrugada. Luego volvía a mi ático, donde me aseguraba que mi madre escuchara mis pasos mientras atravesaba el piso para ir al baño. De esa forma sabría que había vuelto y podría dormir tranquila.

 

 

 

 

 

 

Correspondencia entre Hermann Hesse y Stefan Zweig

correspondencia_zweig_hesse_2009La correspondencia entre Hermann Hesse y Stefan Zweig comenzó cuando el primero envió una carta al segundo adjuntando su librito de poemas Gedichte y solicitándole, “si algo en este libro resultara de su agrado”, que le “regale en reciprocidad su libro sobre Verlaine” -traducciones de poemas de Paul Verlaine-. “Me haría muy feliz”, continúa Hesse, “poseer ese hermoso volumen con una línea de dedicatoria escrita de su puño y letra”. Esta primera misiva salió de Basilea con destino Viena en enero de 1903.

A partir de ahí, ya decimos, quedó inaugurada una correspondencia que duraría treinta y cinco años, hasta 1938. Tal vez sorprenda, como bien comenta Volker Michels en el epílogo de esta edición -nos referimos a la publicada por Acantilado en 2009-, que Hesse diera el primer paso, ya que nunca sintió predilección por los “intercambios epistolares de corte literario”. Además, gustaba de conversar con artistas plásticos pero, por el contrario, tenía “cierta aversión por los literatos, los actores y los músicos”. Hesse, algunos años mayor que Zweig, trataba por entonces de adentrarse en el mundo literario. Tal vez ese interés, unido a su admiración por la hasta entonces escasa obra de Zweig, le hicieron reunir el valor necesario para escribirle.

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Hermann Hesse

El intercambio de cartas pone de manifiesto una admiración recíproca, pensamientos compartidos y una forma similar de actuar ante complicadas situaciones de corte político, editorial y hasta personal. También sirve para comprobar la naturaleza de uno y otro. A Hesse le encantaba salir a pasear, los animales, los árboles, el cielo, las nubes. Estar consigo mismo y disfrutar de la naturaleza. Nació en Calw, pequeña localidad de la Selva Negra alemana, abandonó la formación de mecánico para trabajar de librero y creció en un ambiente provinciano. Por el contrario, Zweig provenía de una familia pudiente en Viena y  disfrutaba viajando y conociendo gente. Cursó estudios de filosofía, filología románica e historia de la literatura. No le importaba estar rodeado de personalidades de toda índole, aunque bien es cierto, atendiendo a sus palabras en algunas de sus cartas, que en ocasiones le incomodaba, envidiando por momentos la vida voluntariamente recogida de Hesse.

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Stefan Zweig

Zweig, tras divorciarse de su primera esposa, Friederike, se trasladó a Londres. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial viajó hasta Estados Unidos junto a su secretaria Lotte Altmann, con la que acababa de casarse. Cuando Estados Unidos entró en la guerra, Zweig huyó a Brasil, donde terminaría suicidándose junto a Lotte el 22 de febrero de 1942. Las palabras de Volker Michels en el epílogo resumen con acierto lo que pudo llevar al escritor a quitarse la vida: “Zweig conocía una única reacción ante los acontecimientos: el desconcierto interior. Si se añade a todo esto su gran capacidad de análisis de los acontecimientos y su impaciencia, se comprende mejor su sensación de desesperanza”. El destino de Hesse fue distinto, aunque en un par de ocasiones intentó quitarse la vida sin conseguirlo. Tras títulos imprescindibles como Siddhartha (1922), El lobo estepario (1927) o El juego de abalorios (1943), en 1946 recibió el Premio Nobel de literatura. Murió con 85 años en Montagnola, Suiza, país al que se había exiliado tras la Primera Guerra Mundial. Ambos escritores, que se conocieron personalmente y se vieron de forma ocasional con el paso del tiempo, dejaron escritas obras admirables y terriblemente necesarias para comprender un mundo de ayer que también es el de hoy y que probablemente se asemeje al de mañana.

De vidas ajenas: Emmanuel Carrère y Eduard Limónov

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Emmanuel Carrère

Descubrí al escritor Emmanuel Carrère hace unos meses. Había leído buenas referencias a su obra en distintas publicaciones y finalmente me decidí a darle una oportunidad. Comencé con De vidas ajenas (2009), continué con El adversario (1999) y cerré mi particular trilogía hace unos días con Limónov (2011). Carrère parte de hechos reales para construir una gran investigación periodística. Para ello, cuando así lo cree conveniente, convierte en novela lo que cuenta, mientras relata con maestría como ha ido tejiéndose el libro a través de sus propias experiencias. Finalmente se llega a algún tipo de conclusión que suele ser difícil de rastrear y no siempre resulta complaciente. No es de extrañar si nos atenemos a las historias que encierran sus palabras.

Cómo él mismo escribe sobre De vidas ajenas, “fui testigo de dos de los acontecimientos que más temo en la vida: la muerte de un hijo para sus padres y la muerte de una mujer joven para sus hijos y su marido. Alguien me dijo entonces: eres escritor, ¿por qué no escribes nuestra historia?”. Con semejante arranque es complicado no dudar, recular, pensárselo una y diez veces. Carrère consigue salir airoso, algo que tampoco sorprende si antes uno ha leído -devorado- El adversario. Comparado de forma recurrente con A sangre fría (Truman Capote, 1966), Carrère nos relata aquí la historia de Jean-Claude Romand, que el 9 de enero de 1993 mató a su familia -mujer, hijos y padres-, para luego intentar suicidarse sin llegar a conseguirlo. “La investigación”, copio de la sinopsis, “reveló que no era médico, tal como pretendía y, cosa aún más difícil de creer, tampoco era otra cosa. Mentía desde los dieciocho años. A punto de verse descubierto, prefirió suprimir a aquellos cuya mirada no hubiera podido soportar. Fue condenado a cadena perpetua”. No hay desperdicio en este espantoso relato, aunque sus entrevistas con Romand, sobre todo hacia el final, resultan especialmente esclarecedoras.

Hay dos películas basadas en El adversario. La primera es El empleo del tiempo (Laurent Cantet, 2001), que termina cogiendo elementos del relato original excepto lo más desgarrador -no diremos el qué, aunque ya se pueden imaginar-. Un año más tarde se presentaba en Cannes El adversario (Nicole Garcia, 2002), fiel al original a pesar de que el protagonista es rebautizado como Jean-Marc Fauré. La de Cantet os la puedo recomendar, la de Garcia aún no he tenido ocasión de verla.

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Eduard Limónov

De los tres libros de Carrère que se citan en este texto, tal vez sea Limónov el más complejo. No por su prosa, siempre cristalina y accesible, si no más bien por tratarse de una biografía rica en datos, aventuras, matices. Eduard Limónov es un político y escritor ruso. Nació en Dzerzhinsk en 1958, se mudó a Moscú en 1967 junto a su primera novia, Anna Moiséyevna, y en 1974 se traslada a Nueva York, en esta ocasión junto a Yelena Shchápova, con quién se había casado un año antes. Desde allí consiguió publicar su primera novela en Francia (El poeta ruso prefiere los negros grandes, 1980). Después llegarían Historia de su servidor y Diario de un fracasado. En 1982 se muda a París con su nueva pareja, la escritora y cantante Natalia Medvédeva. Luego llegarían las colaboraciones en periódicos comunistas y nacionalistas, la fundación de su propio periódico en Rusia tras la caída de la URSS y el apoyo a los serbios de Bosnia durante la guerra de los Balcanes. En 2001 fue encarcelado acusado de terrorismo. Su pena, inicialmente de catorce años, terminó reducida a cuatro. En las distintas prisiones por las que pasó escribió libros y consiguió el reconocimiento de sus compañeros.

La biografía escrita por Carrère termina en el momento en que Eduard abandona la cárcel. Le cuesta encontrar un final adecuado para semejante historia, llena de escaramuzas por todo el mundo. En las últimas páginas asistimos a una escena en la que Limónov pregunta a Carrère el por qué de escribir un libro sobre él. “Porque tiene -o porque ha tenido-“, responde, “una vida apasionante. Una vida novelesca, peligrosa, una vida que ha arrostrado el riesgo de participar en la historia”. Limónov, con una risa seca, dice: “Sí, una vida de mierda”. A Carrère no le convence este cierre y busca consejo en su hijo mayor, Gabriel. “En el fondo”, le dice a su padre, “lo que te molesta es que le retratas como a un perdedor”. Y pienso que Gabriel tiene bastante razón.

Podrán sacar sus propias conclusiones a condición de que terminen leyendo este exquisito y recomendable retrato que Carrère hace de Eduard. Un personaje que mezcla, según sus propias palabras, a Houellebecq, Cohn-Bendit y Lou Reed. Lo que viene siendo un auténtico animal del rock´n´roll.

Apuntes sobre el aburrimiento

El pasado viernes hablaban del aburrimiento en la siempre interesante sección que Jorge Barriuso tiene en el segundo tramo de Hoy empieza todo de Radio 3. He ido a escuchar de nuevo el fragmento, pero desgraciadamente no se encuentra disponible el programa del día 14. Una pena, porque tenía pensado comenzar el texto escribiendo sobre ello y compartir por aquí el archivo de audio.

17th June 1957, British mathematician and philosopher Bertrand Russell (1872 - 1970). (Photo by John Drysdale/Keystone/Getty Images)

Bertrand Russell

En cualquier caso, medio día después de escuchar todo aquello sobre el aburrimiento me sentaba en el sofá y abría por primera vez La conquista de la felicidad (1930), de Bertrand Russell (1872-1970). Un libro cuyo título nos hace pensar de manera inevitable en uno de esos manuales de auto ayuda que tan buenos resultados de ventas suelen tener en España. Tal vez lo sea. En él, Russell nos da las claves, siempre bajo su punto de vista, de aquello que nos hace feliz e infeliz, aunque hoy nos centraremos únicamente en la infelicidad. ¿Qué hace desgraciada a la gente?, se pregunta Russell en el primer capítulo del libro. Entre las causas encontramos la competencia, la envidia o el miedo a la opinión pública. También incluye el aburrimiento, al que dedica palabras como las siguientes:

“Ahora nos aburrimos menos que nuestros antepasados, pero tenemos más miedo a aburrirnos […] El deseo de escapar del aburrimiento es natural; de hecho, todas las razas humanas lo han manifestado en cuanto han tenido ocasión […] Sin embargo, el aburrimiento no debe considerarse absolutamente malo”. Russell, que, recordemos, escribía todo esto hace ochenta y cinco años, distingue aquí entre dos clases de aburrimiento: el fructífero (se basa en la ausencia de drogas) y el ridículo (no existe actividad vital). Añade, además, que “todos los grandes libros contienen partes aburridas y todas las grandes vidas han incluido períodos sin ningún interés”. A continuación encontramos ejemplos de personajes históricos que tuvieron en sus vidas grandes momentos de aburrimiento. Por ejemplo, “se dice que Kant nunca se alejó más de quince kilómetros de Königsberg en toda su vida. Darwin, después de dar la vuelta al mundo, se pasó el resto de su vida en su casa. Marx, después de incitar a unas cuantas revoluciones, decidió pasar el resto de sus días en el Museo Británico”. Por lo que termina concluyendo que “la vida tranquila es una característica de los grandes hombres, y sus placeres no fueron del tipo que parecería excitante a ojos ajenos”.

En cualquier caso, sirvan estos arañazos en forma de frases para animaros a que le echéis un ojo al capítulo en cuestión o al libro al completo. Son apenas doscientas páginas que se leen con gusto y genera un debate interno bastante saludable. Los fragmentos aquí copiados están sacados de la cómoda edición de la editorial Debolsillo, traducida por Juan Manuel Ibeas y con prólogo de Fernando Savater.

Michel de Montaigne

Michel de Montaigne

Tras el episodio dedicado al aburrimiento como fuente de infelicidad llegaba el de la fatiga. Pero interrumpí la lectura al pensar que Montaigne algo tendría que haber dicho al respecto en su momento, allá por 1571. Así que me levanté del sofá y busqué entre sus Ensayos algún capítulo cuyo título hiciera referencia al aburrimiento. No lo encontré, pero el octavo del primer volumen (me refiero a la admirable edición de Cátedra) se centra en la ociosidad. Son menos de dos páginas, pero nos sirve para enlazar con el aburrimiento y descubrir otra probable causa de infelicidad. “Si no lo ocupamos en algún tema que lo bride y contenga”, aquí Montaigne se está refiriendo al pensamiento, “se lanza desbocado aquí y allá, por el campo difuso de las imaginaciones […]. Piérdese el alma que no tiene meta establecida; pues, como suele decirse, estar en todo es no estar en nada. Cuando últimamente me refugié en mi casa decidido en la medida de lo posible a no dedicarme a otra cosa más que a pasar retirado y en paz lo poco que me queda de vida, parecíame que no podría hacerle mayor favor a mi espíritu que dejarlo en plena ociosidad ocuparse de sí mismo […]. Mas resulta que, por el contrario, como caballo desbocado, dase cien veces más trabajo por sí mismo del que se tomaba por otros; y engendra tantas quimeras y monstruos fantásticos, unos tras otros, sin orden ni concierto, que para contemplar a gusto su inepcia y rareza, he empezado a ordenarlos”.

Dejemos por aquí apuntada también la definición de aburrimiento según la RAE:

  • Cansancio, fastidio, tedio, originados generalmente por disgustos o molestias, o por no contar con algo que distraiga y divierta.

Y añadimos, ya para finalizar, algo de lo que nos cuenta Wikipedia al respecto, emulando así (ya que de otra forma no va a ser posible) a Michel Houellebecq en su penúltima novela, El mapa y el territorio (Anagrama, 2010):

  • Aburrimiento (latín: ab- prefijo «sin», horrere «horror») es la existencia desprovista de sentido, cuando ya no queda nada por perder, nada a que temer.
  • El aburrimiento también puede llevar a acciones impulsivas o excesivas sin sentido, o incluso que perjudiquen los propios intereses.
  • Isaac Asimov aseguró que el aburrimiento iba a convertirse en la principal enfermedad de nuestra época, hasta tener consecuencias mentales, emocionales y sociológicas.
  • Algunos psicólogos coinciden en afirmar que una de las razones que mueven a los jóvenes a entrar en el mundo de la droga y el alcoholismo es precisamente el aburrimiento.
  • La respuesta del ser humano más aceptada y extendida al aburrimiento es realizar tareas que no requieran apenas esfuerzo (ni físico ni psíquico) y que le mantengan concentrado y absorto (y por tanto evadir el aburrimiento).
  • En filosofía, el aburrimiento aparece frecuentemente junto a sentimientos como el disgusto, el miedo. Sobre él han escrito Søren Kierkegaard, Arthur Schopenhauer, Friedrich Nietzsche y Neil Postman (¡y nuestro Betrand Russell, claro!).

Obra maestra de la naturaleza

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“-¡Miren, miren! -continuó el conde cogiendo a los dos jóvenes por las manos-. Miren, porque, a fe mía, que es curioso. He ahí un hombre que estaba resignado a su suerte, que caminaba hacia el cadalso, que iba a morir como un cobarde, es cierto, pero al fin iba a morir sin resistencia y sin recriminaciones. ¿Saben ustedes lo que le daba algo de fuerza? ¿Saben lo que le consolaba? ¿Saben lo que le hacía aceptar su suplicio con paciencia? Pues que otro participase de su sufrimiento, que otro fuese a morir con él; que el otro muriese antes que él. Conduzcan dos corderos al matadero, dos bueyes, y háganle comprender a uno de ellos que su compañero no morirá, el cordero balará de gozo y el buey mugirá de alegría; pero el hombre, el hombre que Dios ha hecho a su imagen, el hombre a quien Dios ha dado una voz para expresar su pensamiento, ¿cuál será su primer grito cuando sepa que su compañero esté salvado? Una blasfemia. Honrad al hombre, esa obra maestra de la naturaleza, ese rey de la creación”.

(Texto extraído de El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas)

Miles Davis y Duke Ellington

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“Por entonces me ocurrieron otras cosas importantes. Al mismísimo maestro, Duke Ellington, debió de gustarle lo que yo hacía, lo que tocaba en 1948, porque en una ocasión envió a un tipo en mi busca. Yo ni siquiera conocía a Duke; sólo le había visto en el estrado y, eso sí, había escuchado todos sus discos. Pero le admiraba de veras, por su música, su actitud y su estilo. No es raro, pues, que me sintiera halagado cuando me envió a aquel tipo para que me llevase a su oficina porque quería hablar conmigo. El tipo, creo, se llamaba Joe, y me contó que a Duke yo le caía bien, que le gustaba como vestía y cómo me desempeñaba. Bien, aquellos elogios eran embriagadores para una persona de veintidós años, y más si procedían de uno de sus ídolos. Casi me hicieron perder la cabeza; mi ego se disparó hacia el cielo. Joe me dio señas de la oficina, que estaba en el viejo Brill Building de Broadway y calle 49.

Fui a visitar a Duke más pulcro que un hijoputa, subí a su oficina, llamé a la puerta, y allí estaba él, en calzoncillos, con una mujer sentada en su regazo. Me quedé pasmado. Tenía delante a la persona a quién consideraba más fría, más sofisticada y más limpia del mundo de la música, sentada en su oficina con una mujer en el regazo y una amplia sonrisa en su rostro. Macho, aquella estampa me jodió de pies a cabeza. Pero Duke me dijo que me incluía en sus planes para el otoño, musicalmente hablando, y que me quería en su banda. Aquello ya me dejó K.O. de sopetón, me alegró a reventar, me envaneció no sabes tú de qué manera. Figúrate, uno de mis ídolos me ofrecía entrar en su banda, que era la mejor gran orquesta del ramo. Sólo el hecho de que hubiera pensado en mí, de que hubiera oído hablar de mí y le gustara mi forma de tocar… bueno, increíble.

Sin embargo, tenía que decirle que no podía aceptar porque estaba terminando Birth of the cool. Esto fue lo que le respondí, y era cierto, aunque la verdadera razón de que no pudiera, o no quisiera, irme con Duke, era que me resistía a encasillarme musicalmente, a tocar la misma música noche tras noche. Mi mente estaba en otra parte. Yo pretendía avanzar en una dirección distinta a aquella en que él se movía, a pesar de que lo estimaba y respetaba totalmente. Pero esto no se lo podía decir. Por lo tanto, me limité a contarle que debía terminar Birth of the cool, cosa que comprendió. También le dije que era él uno de mis ídolos y que me enorgullecía que hubiera pensado en mí. Confiaba en que mi negativa no le indispondría conmigo. Replicó que no me preocupara, que mi deber era seguir el camino que considerase mejor.

Cuando salí de la oficina de Duke, Joe me preguntó qué había pasado, y le expliqué que después de haber tocado con la gran orquesta de Billy Eckstine me era imposible volver a aquella clase de trabajo. Le dije que admiraba tanto a Duke que no quería trabajar con él. Nunca volvía a estar a solas con Duke después de aquello, nunca volvimos a hablar, y muchas veces me he sorprendido preguntándome qué habría ocurrido si me hubiese unido a su banda. Lo único seguro es que nunca lo sabré”.

(Texto extraído de la autobiografía de Miles Davis, de Quincy Troupe)