Archivo del Autor: Francisco J. Fernández

[Crónica] Festival En Órbita (Granada, 13/05/2017)

El festival En Órbita se estrenó el año pasado con lleno en la Plaza de Toros de Granada y un cartel donde despuntaban Izal, Niños Mutantes, Dorian o Maga. Las entradas se vendieron con cierta facilidad, por lo que resulta lógico y saludable el traslado en esta segunda edición al recinto de FERMASA (Feria de Muestras de Armilla), una localización de mayor capacidad y mejor acondicionada para la logística que supone un evento de estas características. El aforo se ha limitado a seis mil personas en un espacio que podría albergar prácticamente el doble, dato en el que ha hecho hincapié la organización en sus distintos comunicados, ya que la pretensión era y es convertirse en una cita donde poder disfrutar con familia y amigos sin sufrir ningún tipo de sofoco. El balance final en este 2017 sigue siendo positivo, ya que se ha vuelto a agotar todo el papel. El número de grupos y artistas, al igual que el público asistente, también ha aumentado. En total han sido quince las bandas que han pasado por lo dos escenarios habilitados: uno principal, llamado Planetario Vipsual, y otro secundario (Satélite) dedicado a bandas granadinas emergentes como Rey Chico, Harakiri Beach o Apartamentos Acapulco.

La Feria de Muestras abría sus puertas a las dos de la tarde. Poco después comenzaba la actuación de Toulouse mientras se desperezaban los diversos food trucks, las barras —con cerveza Alhambra y ginebra Tanqueray entre las opciones disponibles— y zonas como el Espacio Universitas, un emplazamiento concebido para encontrar algunos minutos de distensión entre constelaciones, música y locuciones. Con Viva Suecia ya se contabilizaban unas dos mil personas frente al Planetario Vipsual. Los murcianos acaban de editar su segundo disco, Otros principios fundamentales, aprovechando la sacudida que supuso el pasado año la aparición de su primer trabajo, enaltecido por crítica y público gracias, sobre todo, a los tres minutos por los que transcurren Bien por ti, tema que cuenta ya con más de medio millón de reproducciones en Spotify. Pero no fue la tarde del grupo en Armilla. Desde una posición cercana a la mesa de mezclas el volumen era estruendoso, algo farragoso, convirtiendo aquello en una masa sin perfilar y sólo accesible de forma plena para una legión de seguidores que parece crecer con el paso de los días.

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Quique González & Los Detectives

Quique González & Los Detectives, además de ofrecer la mejor actuación del día, llevaron la propuesta del festival, netamente pop, a orillas del rock. Aparecieron los solos de guitarra, las armónicas y mandolinas, el órgano Hammond. Con actitud impecable y sonido sobresaliente, el madrileño y sus secuaces desmenuzaron un repertorio donde destacaron las intervenciones de NinaCarolina de Juan, del grupo Morgan— en un par de canciones, incluida una celebrada Charo. De matrícula.

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Niños Mutantes

Niños Mutantes lanzaron hace unas semanas Diez, un disco producido por Abraham Boba y César Verdú, ambos componentes de León Benavente, que llega tras un tumultuoso 2016 en el que, además de conmemorar sus veinte años de carrera, estuvieron a punto de separarse. La banda granadina anda crecida sobre los escenarios, probablemente a causa de un retorno a la vida, siempre inesperado, que les está deparando alegrías permanentes. Desde los primeros momentos y hasta el final —con la imbatible pareja formada por Errante y Todo va a cambiar—, los mutantes mantuvieron al público en el bolsillo gracias a un directo engrasado, competente y agradecido.

Love Of Lesbian, encarando la recta final del festival, se mostraron solventes y chistosos, dos adjetivos de los que apenas se han despegado desde sus orígenes. Tampoco parecen querer ir mucho más allá. Continúan presentando El poeta Halley, su último álbum, sin olvidar algunas de las composiciones que auparon a la formación a Primera División —Allí donde solíamos gritarClub de fans de John Boy, Algunas plantas, Incendios de nieve—, todas ellas coreadas por un recinto, ahora sí, colmado de adeptos. Cerraron la noche Fangoria, que brindaron un espectáculo potente y algo trasnochado basado en su inmensa ristra de éxitos, diversas programaciones y coreografías del siglo XX.

Fotos My Back Pages: Elma.

[Teatro] Los universos paralelos (Teatro Cervantes, Málaga, 22.04.2017)

No se concibe muerte más desgarradora que la de un hijo. Hay términos para clasificar a aquellas personas que pierden a sus padres o a su pareja, pero no existe ninguno para quienes sufren el más terrible de los trances. El horror, agazapado, siempre está presente. Federico Luppi intentaba definirlo en Martín (Hache), película dirigida por Adolfo Aristarain en 1997: “No es quererlo, es peor. Es mucho más fuerte, quieres estar siempre con él. Pero sabes que no puede ser. Es miedo a que le pase algo, a que sufra. No puedes ni pensar en que se puede morir, te duele pensarlo, te da pánico porque sabes que si eso llega a pasar no vas a sufrir ni te va a doler: te va a destruir. Vas a dejar de existir aunque sigas viviendo. Si se muere te mueres con él, así de sencillo”.

Los universos paralelos nos sitúa en el duelo por la muerte de Dani, el único hijo de Patricia (Malena Alterio) y Alberto (Daniel Grao). Han pasado ocho meses desde la tragedia y Patricia, vestida de negro de pies a cabeza, apenas levanta cabeza. No le ayuda el pasar todo el día en casa rodeada de recuerdos y paredes que aún reflejan los correteos del niño de arriba abajo. El cuarto de Dani, situado en la parte superior del piso, permanece intacto entre cajas con ropa, juguetes y una cama que luce siempre limpia y ordenada, nunca ya deshecha de un día para otro. La habitación parece mostrarse como una losa permanente para los distintos personajes que charlan y discuten en la planta baja. Además del matrimonio protagonista, también pasean su sufrimiento sobre las tablas la hermana de Patricia, Lucía (Belén Cuesta), la madre de ambas, Lola (Carmen Balagué), y David (Itzan Escamilla), el chico que atropelló mortalmente a Dani. Juntos intentan encontrar la manera de convivir con el recuerdo y mitigar la pena, ya que el dolor, como nos confirma Lola —que también perdió a un hijo—, nunca desaparece.

David Serrano, que hace unos meses presentó Cartas de amor en el Cervantes, dirige este texto instructivo escrito por David Lindsay-Abaire en 2006 bajo el nombre de Rabbit hole. Estrenada el pasado mes de marzo en el Palacio Valdés de Avilés, Serrano define Los universos paralelos como una obra optimista, divertida y hasta terapéutica. Y lo es, pero conviene apuntar que aquí el drama vence a la comedia por la aplastante inercia y transcendencia de lo ocurrido. Las risas, que las hay, provienen de un territorio más ordinario y previsible pero igualmente liberador: un puntal al que aferrarse contra viento, marea y todo tipo de pérdidas afectivas. Notable y generosa es la labor de actores y actrices, vital en un trabajo coral como este. Dentro del reparto centellea el desparpajo de una Belén Cuesta que, junto a Carmen Balagué, ofrecen las vías de escape necesarias ante semejante oscuridad. Pero son los personajes de Daniel Grao y Malena Alterio, que progresivamente irá aireando espacios y volviendo al color en su vestuario, los que delinean y muestran con precisión el aprendizaje que Lindsay-Abaire y Serrano nos proponen. Un manual de instrucciones al que, lejos de la ficción, nunca se debería recurrir.

[Serie] Horace and Pete

Louis C. K. hay que conocerlo y quererlo, principalmente, por la serie que lleva su nombre. Estrenada a comienzos de 2010 en la cadena FX Network, Louie narra las peripecias de un cómico de Nueva York que está divorciado, es padre de dos hijas y ha sobrepasado ya la barrera de los cuarenta años. El humor, negrísimo por momentos, es la nítida base sobre la que se cuecen las cinco temporadas emitidas hasta el momento. Pero a pocos se les puede escapar el progresivo viraje hacia una comedia más amarga y reflexiva, menos amable, que han experimentado los guiones de la última tanda de episodios. En cualquier caso, la receta de Louie es similar a la utilizada en sus estupendos monólogos y en Lucky Louie (2006), sitcom para la HBO en la que compartía protagonismo con Pamela Adlon. En Horace and Pete, compuesta de diez capítulos, se mantienen los rasgos característicos de las producciones de Louis, pero en esta ocasión, al mismo tiempo que los perfila, avanza con paso decidido a través de nuevas sendas, varias de ellas con parada en alguna que otra cima.

A Louis C. K. —que interpreta aquí a Horace Whittell VIII— le acompañan Steve Buscemi (Pete), Edie Falco (Sylvia), Alan Alda (tío Pete) y Jessica Lange en el sugerente papel de Marsha, todos ellos integrantes de un plantel que comparte un mismo escenario: el pub Horace and Pete’s, que el pasado 2016 celebraba su primer siglo en pie y que desde sus comienzos ha sido regentado, sin excepción, por descendientes de los originales Horace y Pete. Esta ley no escrita, a toda luz inviolable, dará pie a los primeros altercados dentro del vetusto establecimiento. De forma parsimoniosa, y con una propuesta formal contigua al teatro, iremos conociendo a los clientes habituales del bar a través de sus inevitables opiniones, quejas y anécdotas. Por la puerta también aparecerán turistas despistados que serán devueltos a la calle de forma inmediata si tienen la ocurrencia de pedir al viejo Pete un margarita o un gin-tonic, brebajes, como tantos otros, prohibidos por allí.

Más allá de las dos o tres canciones que suenan en determinados momentos —no contabilizamos aquí la melodía compuesta por Paul Simon para la serie—, Horace and Pete carece de música. Tampoco nos llega el jaleo producido por las conversaciones de fondo. Los personajes, cerveza o whisky en mano, parecen moverse y hablar a través de un limbo de madera al que apetece entrar pero no salir. La sensación que envuelve al espectador es similar, y no es descabellado sentirse un parroquiano más conforme pasan los minutos. En las discusiones de los personajes hay espacio para la política y las groserías, pero también para acordarse de la enfermedad, la muerte, la soledad o la importancia de la familia. Todo ello sin apenas perder de vista la risa, la sonrisa, los buenos diálogos, la emoción. Con Louis, un vez más, toca aplaudir.

[Entrevista] Ricardo Lezón (McEnroe)

Lluvia y truenos, editado el pasado mes de noviembre a través de Subterfuge, se compone de doce canciones: seis de Ramón Rodríguez (The New Raemon) y otras tantas de Ricardo Lezón (McEnroe). El álbum, grabado en el estudio La Mina de Sevilla con Raúl Pérez en labores de producción, se alzó hace unos días con el galardón a mejor álbum pop en los Premios de la Música Independiente. Por delante tienen una extensa gira que incluye citas en varios festivales veraniegos de nuestro país. Antes de su concierto en el Centro Cultural María Victoria Atencia de Málaga charlamos con Ricardo sobre sus proyectos pasados, presentes y futuros.

¿Cuándo fue primera vez que escuchaste a Ramón, con Madee o ya en solitario? ¿Cómo surge la colaboración?

Yo era muy fan de Madee, me compraba sus discos. No entendía por qué no tenían más repercusión. Era un grupo minoritario, me gustaban mucho. A Ramón lo conocí en Elche, en un concierto conjunto que hicimos aunque aún no nos conocíamos. Vino al camerino, charlamos un poco y le dimos una camiseta. Nos contó que era fan de McEnroe, algo que me sorprendió porque esto fue hace bastantes años, cuando no nos conocía nadie. Luego nos saludamos en algunos festivales. Un día me llamó a casa y me preguntó si quería grabar un disco con él. Le dije que sí. La verdad es que no hay mucha más historia.

El disco fue grabado en el estudio La Mina de Sevilla junto a Raúl Pérez. ¿Cómo fue la experiencia? La figura de Raúl es importante en tus distintos proyectos musicales.

Sí, de hecho está aquí, hace de técnico en nuestra gira actual. Con McEnroe grabamos casi todos nuestros discos en Getxo, que es de donde somos. Para Las orillas (Subterfuge, 2012) decidimos que era mejor salir de allí, aislarnos y dedicarle una semana al disco. En Getxo no conseguíamos desconectar. Una amiga común que vivía en Barcelona nos recomendó a Raúl. Hablamos con él y nos gustó el sitio. Desde el primer día nos entendimos muy bien.

Tenéis una extensa gira por delante, incluyendo festivales como San San, Tomavistas o el Low. ¿Qué músicos os acompañarán sobre el escenario en esos conciertos?

McEnroe está pasando una época un poco rara. Dos de los componentes han sido padres, uno de ellos se va a vivir a México y deja el grupo… Estamos muy parados y es difícil tocar. Cuando surgió la posibilidad del disco y la gira con Ramón era más fácil tirar de la banda que suele acompañarle a él. En la grabación sí estuvo Edu (batería), pero en los conciertos, por parte de McEnroe, sólo estoy yo.

¿El proyecto junto a Ramón tendrá continuidad?

Los dos tenemos muchas ganas se seguir. Creo que ambos sabemos que en algún momento habrá una segunda parte, como en las películas. Lo que no sabemos es cuándo, aunque es algo que no nos preocupa.

¿Qué relación tienes con Málaga? Si mal no recuerdo, con McEnroe has tocado antes en este mismo sitio. Viviste por aquí algún tiempo.

Sí, yo venía a veranear mucho por aquí de pequeño. Trabajé dando clases de pádel en Marbella, donde estuve viviendo un tiempo hará cuatro años. Además, mi madre vive aquí y dos de mis hermanos en Marbella. La ciudad de Málaga no la conozco tanto. Hemos estado tocando con McEnroe en el Centro Cultural y en La Caja Blanca.

Leí que ibas a intentar vivir de la música. ¿Cómo va la cosa? ¿Condiciona a la hora de componer, dar conciertos, gestionarse?

Estoy en pleno proceso. Terminé un proyecto de un hotel rural que tenía en Soria. Lo cerré y me quedé en tierra de nadie. Podía buscar un trabajo “convencional” o intentar vivir de esto, que es algo que me llevan diciendo mucho tiempo y que también he pensado yo a veces. Dicen que vivir de la música es imposible. Bueno, voy a intentarlo, y si tengo que decir eso yo también que sea con fundamento. Y sí, cambia la forma de ver las cosas, pero creo que es al principio. Es como una balanza que se inclina a un lado y lo que tienes que hacer es esperar a que se nivele tranquilamente. Tengo claro que me gustaría dedicarme a esto, pero siempre haciendo algo que me guste.

Háblanos de Palmera Smith, tu nuevo proyecto personal, y de Viento Smith (con David Cordero, de Úrsula). ¿Habrá nuevo material?

Palmera Smith surgió por lo que te comentaba antes del parón de McEnroe. Tenía ganas de tocar en directo después de cerrar lo del hotel, así que di algunos conciertos acústicos en los que tocaba canciones de McEnroe, Viento Smith y Helicón, que es otro grupo que tuve antes también. Lo englobé todo y le puse el nombre de Palmera Smith para no confundir. En realidad no es un proyecto, sólo un seudónimo para girar un poco por ahí. Con Viento Smith sacamos el disco hace tres años, no fue como lo de ahora con Ramón. Hicimos un disco como un libro: para contar una historia concreta. Ahora la cosa está parada, pero tengo buena relación con David y cuando nos apetezca grabaremos algo.

Cuando comienzas a escribir una canción, ¿lo haces pensando en uno de tus proyectos en concreto o lo decides durante el desarrollo de la composición?

Estoy en proceso de ir cerrando carpetas. La de Palmera Smith ya está cerrada y la de Viento Smith está dormida. Con Ramón estaremos hasta otoño girando y después cada uno volverá a sus cosas. McEnroe está un poco parado. En realidad, en lo que estoy más metido ahora es en sacar un disco en solitario, con mi nombre.

Quiero pensar que aún queda tiempo es un disco de rarezas con temas inéditos de McEnroe editado por Subterfuge a finales de 2016. ¿Son canciones grabadas a lo largo de todos estos años? Me llama la atención tu voz en las primeras canciones. ¿Son esbozos, podríamos decir, de tu actual forma de cantar? 

Es una recopilación de las primeras canciones, la historia del grupo. Nuestros primeros discos fueron los más importantes. Son los peores, sin duda, pero también de los que más aprendimos. Empezamos con el inglés en el primer trabajo, pero en el siguiente dijimos que nunca más. Antes cantábamos Gonzalo (guitarrista) y yo, pero él no quiso cantar más. Dimitió y me dejó a mí solo. Yo no quería cantar, al principio ni siquiera me lo pasaba bien. Cantaba porque tenía que cantar. Me olvidaba de las letras y lo pasaba fatal, porque en el fondo cuando estás tocando en directo todo el mundo está pendiente del cantante. Si metes una gamba con el bajo no se entera nadie, o sólo uno o dos, pero si te equivocas con la letra… Fue todo un proceso. Llegó un momento en el que empecé a disfrutar y ahora me lo paso bien cantando. Y creo que se nota. Hay gente a la que le gusta mi voz y gente a la que no. Canto como puedo, no como quiera.

Tienes dos libros de poesía editados: Extraña forma de vivir (2005), con ilustraciones de Estíbaliz Hernández de Miguel,  y Los minúsculos latidos (Bandaàparte, febrero 2017). ¿Puedes hablarnos de ellos?

Edité un libro con mi amiga Estíbaliz, que es ilustradora y fue la que me presionó y animó a publicarlo. A mí me daba mucho pudor, así que ella me dijo de ilustrarlo para que me sintiera algo arropado. Lo hicimos y nos quedamos encantados. Lo vendíamos en los conciertos y a la gente le gustó. Luego llegó la llamada de Bandaàparte, que es una editorial de Córdoba. Me sorprendió mucho. Comenzamos hablando de reeditar Extraña forma de vivir, pero acabamos decidiendo que escribiría uno para ellos.

Los minúsculos latidos comienza con una cita de Cioran. ¿Es uno de tus escritores favoritos? ¿Lees mucho? 

Me gusta mucho leer aunque no leo todo lo que quisiera. No sé si te pasa a ti, pero hay épocas en la que no te entra nada y luego, en una semana, te lees dos o tres libros. Me gustan Cioran, Pessoa, Kundera. De este último me encanta La despedida. Y últimamente, por recomendación de Ramón, que es un gran lector, estoy disfrutando mucho con los relatos de Tolstói.

Y ya para terminar, ¿sigues escuchando y comprando mucha música? ¿Qué te ha llamado la atención en estas últimas semanas?

Pues mira, ayer por ejemplo estuvimos grabando canciones mías en La Mina y luego por la noche nos quedamos con David poniendo discos. Estuvimos escuchando el de Cigarettes After Sex, que acaban de sacarlo y está muy guay. Mark Kozelek me gusta mucho. Ahora ha sacado un disco en el que sólo las cuatro primeras canciones duran una hora. Tiene mérito que no se atragante (risas). ¿Cómo tocará todo eso en directo? Llegamos a la conclusión de que piensa en alto. Creo que no tiene filtro y canta todo lo que se le pasa por la cabeza.

Foto: Araba Press.

[Teatro] La presa (Teatro Echegaray, Málaga, 09.03.2017)

La presa, escrita por Pablo Bujalance y dirigida por Eduardo Velasco, conforma junto a Los puercosEl proceso Rama el primer cuarteto de montajes que desde septiembre de 2016 ha ofrecido Factoría Echegaray, proyecto nacido de una iniciativa de los teatros municipales y de la Moción institucional relativa a la elaboración de un modelo cultural de las artes escénicas en Málaga, que daba voz a toda la profesión malagueña a través del colectivo TEMA. Muchos son los objetivos que persigue. Entre ellos, crear y consolidar un centro de producción de espectáculos propios, promocionar la escena local o ayudar a sostener un tejido reconocible para atraer públicos.

La presa nos zambulle en un almacén donde tres personas mantienen secuestrado a uno de los banqueros más poderosos del país. El jefe de los secuestradores es Saúl, un político que busca venganza tras salir de la cárcel. Pese a este último dato —escribir “político entre rejas” casi hace saltar el corrector automático del texto— hay que apuntar que no hablamos de una obra fantástica ni de ciencia ficción, sino de una realidad colorista y añeja descrita vivamente a través del local donde se encuentran encerrados los personajes. La obra parece estar anclada, eso sí, en un universo paralelo al nuestro: es la conclusión a la que podemos llegar tras escuchar en el noticiario las últimas consecuencias de la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca o la narración de una fechoría sobresaliente cometida por un desenfrenado Pablo Bujalance. La presa es un thriller de tintes sociales bien planteado y mejor desarrollado que recordará inevitablemente a películas como Reservoir dogs (Quentin Tarantino, 1992), por citar aquí el ejemplo más sencillo y recurrente. La irrupción sobre las tablas de una descomunal Rocío Rubio (Fátima) inyectará nuevos dilemas éticos y morales a una trama que intenta zafarse tímidamente de lo que suelen brindar propuestas de similares características. El resto del reparto, siempre notable, lo completan Paco Inestrosa (Saúl), Virginia Nölting (Mara) y Miguel Zurita (Iván).

Monogamia, El último beso y Souvenir, dirigidas respectivamente por Nacho Albert, Jerónimo Cornelles y Fran Perea, serán las piezas con las que continuará la programación de Factoría Echegaray durante los meses de abril, mayo y junio.

Foto: Daniel Pérez (@danielperezfoto).

[Entrevista] Cala Vento

Cala Vento son Joan Delgado y Aleix Turon, batería y guitarra, dos hijos de l’Empordà y de la Costa Brava que han encontrado acomodo en el barrio de Gràcia barcelonés bajo el ala protectora de Eric Fuentes y el sello BCore. Tras la publicación el pasado año de su primer disco vuelven ahora con Fruto panorama, un trabajo intenso, directo y sincero que amplía matices y sonoridades. Actualmente se hayan inmersos en una extensa gira de presentación que el pasado 10 de marzo recaló en la Sala Velvet de Málaga, donde ofrecieron un concierto enérgico y divertido. A Estoy enamorado de ti, Isabella Cantó o Abril, temas ya emblemáticos en su repertorio, se unen ahora Historias de bufanda, Hay que arrimar o Isla desierta, una de las más celebradas de la noche. Pocas horas antes del concierto estuvimos charlando con Aleix en el Drunk-O-Rama.

¿Cómo comenzasteis Joan y tú con Cala Vento? 

La vocación de componer y tocar nace en el instituto. Joan montó una banda en su pueblo, Torroella de Montgrí, y yo la mía en Figueres. No había muchos grupos de indie rock en ese momento por la zona, así que cuando nos conocimos conectamos enseguida. A partir de ahí fuimos montando cosas juntos.

¿Cómo conocéis a Eric Fuentes?

A Eric lo conocimos tras ganar el concurso Converse Make Noise en 2015. El premio era estar con él una semana. Nosotros tocábamos y Eric nos daba su opinión. Nuestra música era tan cercana a lo que a él le gusta y lo que hizo con The Unfinished Sympathy, que, más allá de consejos, Eric se metió de inmediato en nuestros temas. Estaba muy motivado. Eso fue en febrero, ya en mayo vino a vernos tocar y dos semanas después de ese concierto nos dijo de quedar. Ahí fue cuando nos propuso grabar el disco.

En la producción del nuevo trabajo, Fruto panorama, también os ha ayudado Santi García.

Sí, en este segundo más que en el primero, en donde solo mezcló. Fuimos a un estudio que suele utilizar para grabar sobre todo baterías. Tuvimos la suerte de que en esta ocasión también pudiera participar del sonido del disco desde el minuto cero.

¿Ha sido muy diferente la grabación del nuevo trabajo con respecto al debut?

Para el primero cogimos canciones que ya teníamos hechas desde hacía tiempo, pero tardó seis meses en publicarse. Durante ese tiempo nosotros habíamos seguido haciendo canciones, y al cabo de pocos meses nos dimos cuenta que teníamos ocho o diez temas nuevos. Pensamos que si componíamos alguna más podíamos grabar otro disco. A diferencia de con el primero, donde todo fue muy precipitado, con Fruto panorama hemos tenido más tiempo para componer, trabajarlo como conjunto y darle una nueva dimensión a nuestra música. Hemos intentado buscar cosas nuevas.

Ahora tenéis más material para los conciertos.

Es muy divertido. Estamos tocando más del segundo disco, que es lo que nos apetece ahora. Hace poco más de un mes que salió y la gente empieza ya a controlarlo.

¿Habéis tocado antes en Málaga?

No, en Málaga no, pero hemos estado un par de veces por el sur, en las dos últimas ediciones del Monkey Week.

Hablando del Monkey Week, ¿qué os parece su modelo de festival? ¿Es similar a la propuesta del South by Southwest de Austin donde también tocasteis el año pasado?

Son festivales muy interesantes desde el punto de vista del músico. Conoces a otros artistas con los que puedes tener afinidad y hay más facilidad para que te vean promotores y sellos. La idea es juntar a toda la industria, a todos los estamentos. En este tipo de eventos se intenta dar alojamiento a las bandas, pero en el South by Southwest no te dan nada, no te ponen ni el backline. Es como una feria. Tienes un slot, es decir, una hora y un sitio donde actuar, si quieres vas y tocas y si no pues les da igual. Tú llevas los instrumentos y pagas los viajes y el alojamiento. Estas cosas son muy puñeteras. Un promotor que quiera ir allí tiene que pagar ochocientos dólares para ver todos los conciertos.

En ese sentido, creo que Monkey Week está mejor montado. Intentan ayudar más a las bandas. Estos festivales tienen que tener en cuenta los gastos que tenemos. No puedo venir de l’Empordà al Puerto de Santa María, donde se celebraba antes el Monkey Week, y perder ahí mogollón de pasta. Hay muchas bandas emergentes que no tienen poder adquisitivo para hacer estas cosas. Después te encuentras con que Monkey Week quiere ser un escaparate de bandas nuevas, pero muchas de las que van llevan un largo recorrido. Quieren ir allí a tocar para salir de su zona de confort y se lo pueden permitir. Creo que todo esto debería mirarse un poco más. Por lo demás, es un festival espectacular, muy chulo. Este año en Sevilla fue la bomba, hay muchas salas y está todo muy cerca.

De cara a próximos trabajos, ¿habéis pensado en incluir más músicos para tocar en directo?

De momento no. Así es todo muy fácil. No tenemos grupo de Whatsapp (risas). Pero es inevitable tener que recurrir a una tercera persona en el equipo. Ahora vamos a tener que hacer algunos festivales y llevaremos a nuestro técnico para poder sonar realmente bien. A la hora de encontrar esa tercera persona tenemos que tener cuidado, hay que escoger bien. Buscamos a alguien con el que, más allá de que sea bueno en su trabajo, tengamos cierta afinidad. Estamos tan bien los dos solos que cada vez que tiene que entrar alguien en la ecuación nos da algo de pereza. Pero es necesario y va a funcionar.

En la canción Hay que arrimar decís que “las buenas letras te llevan al altar”. A la hora de componer, ¿tiran más las letras que la melodía?

Hay que arrimar es de las que compusimos tras decidir que íbamos a publicar el segundo disco. Esa presión, digamos, por tener que hacer algunos temas para completar el trabajo dio pie a que escribiéramos sobre el dilema que tienes muchas veces cuando haces una letra, si es importante o solo con la melodía ya puedes transmitir lo que quieres. La conclusión es que la melodía es muy importante, pero al final son las letras con lo que se queda la gente.

Cuando se habla de vuestro grupo aparecen casi siempre los mismo nombres: Nueva Vulcano, Los Planetas, Japandroids, Arctic Monkeys, Bloc Party o At The Drive-In. ¿No escucháis música de los sesenta y setenta, siempre tan reivindicada? Me refiero a los clásicos: Beatles, Stones, Pink Floyd, etcétera.

Intentamos entender la importancia de los grupos clásicos, pero nosotros no tuvimos una experiencia sensorial con esas bandas. La tuvimos con grupos como Arctic Monkeys. Para nosotros eso es lo que un día nos sacudió de una manera brutal. Lo mismo te podría decir de la generación de finales de los ochenta con Nirvana, seguramente. Creo que ahí está la gracia, porque si no al final estaríamos todos escuchando lo de siempre. Nos gusta entender a Cala Vento como una banda de nuestro tiempo. Vamos a intentar seguir desarrollando el proyecto con esa coherencia.

[Teatro] Mármol (Teatro Cervantes, Málaga, 23.02.2017)

Mármol, obra escrita por Marina Carr y dirigida por Antonio Guijosa, tiene como punto de partida los sueños que inundan repentinamente las noches de Art (Pepe Viyuela) y Catherine (Elena González). En ellos se ven retozando uno junto al otro en una habitación de mármol. Art le cuenta a Ben (José Luis Alcobendas), el marido de Catherine, que, mientras dormía, hacía el amor con su mujer. Ben, con la mosca detrás de la oreja, corre a casa para hablar con Catherine. Ella le dice que ha soñado lo mismo: su noche ha transcurrido junto a Art. A partir de ahí se desatan preguntas duras, asfixiantes. También necesarias. La nostalgia por lo no vivido toma protagonismo —”lo que nos mata es la vida que no vivimos”, se escucha en algún momento— mientras se colocan todas las cartas sobre la mesa. Anne (Susana Hernández), la esposa de Art, entra igualmente en el juego, completando así un plantel de personajes que sufrirá incluso alguna amputación emocional. Se vislumbran a lo lejos nuevos y brillantes horizontes, pero el camino será siempre largo y tortuoso, tal vez inalcanzable. Mármol no es un texto sencillo: requiere entereza y atención por parte del público y de los actores. La recompensa, que la hay, da que pensar.

John Mayall (Teatro Cervantes, Málaga, 11/02/2017)

Antes y después del concierto, John Mayall charlaba con la gente, se hacía fotos y vendía su nuevo disco, Talk about that, en el vestíbulo del teatro. Le acompañaban en la faena el bajista Greg Rzab y el baterista Jay Davenport, músicos que le escoltan igualmente sobre el escenario en su recién iniciado Livin’ & lovin’ the blues tour. Pocas personalidades —él lo es— se lanzan a semejantes celebraciones junto a su público sin necesidad aparente.

De Mayall, que en unos meses cumple 84 años, conviene enumerar una vez más lo acostumbrado. El británico fundó en 1955 su primer grupo, The Powerhouse Four, pero sería en los Bluesbreakers, ya en el 63, con los que obtendría algunos de los mayores éxitos de su carrera junto a guitarristas como Eric Clapton, Peter Green o Mick Taylor. En 1968, y tras discos como A hard road o Crusade, se instala en California y establece contacto con Bob Hite, cantante de Canned Heat. Allí se empapa del espíritu hippie de la época, introduciendo en su sonido propuestas acústicas cercanas al folk. Conforme avanzan los setenta, Mayall se interesa por el jazz, el funk y la música de baile, volviendo finalmente al blues rock de los primeros días para encarar la década de los ochenta. Desde entonces ha venido grabando nuevo material de forma más o menos ininterrumpida y ofreciendo conciertos por todo el mundo.

El del sábado pasado en el Cervantes era el cuarto directo del bluesman en Málaga en poco más de una década; la primera visita se produjo en 2003 dentro de la programación del XVIII Festival de Jazz. Su último trabajo es el feliz pretexto para seguir subiéndose a las tablas: no hubo ni rastro del mismo en el repertorio de la noche. Sí hubo espacio y tiempo para Congo Square, A special life o The bear. Mayall, que apenas abrazó la guitarra, se mostró espléndido al órgano Hammond, al teclado Roland y a una armónica que aulló por todos nosotros. Mantiene una voz que rezuma blues, sudor y lágrimas, idónea para esas versiones de Louis Jordan (Early in the mornin’), Mose Allison (Parchman Farm) o Sonny Boy Williamson (Checkin’ up on my baby) que sirvieron para perfilar la noche e invocar a los gurús de todo esto. Mayall, también maestro, aún colea. Y de qué manera.

Oasis: Supersonic

oasis_supersonic2016Ocurrió en los campos de Knebworth, al norte de Hertfordshire, Inglaterra, los días 10 y 11 de agosto de 1996. Oasis ofrecieron allí dos conciertos que congregaron cada jornada a 125.000 personas. Podrían haber tocado diez días consecutivos si así lo hubieran querido, ya que se contabilizaron más de dos millones y medio de solicitudes para conseguir entradas. El dato aún abruma. El arranque hacia el estrellato había comenzado poco antes con la edición de Definitely maybe en 1994, imprescindible álbum de debut que alcanzó el número uno en las listas de Reino Unido. Solo un año después llegaba a las tiendas su continuación, (What’s the story) Morning glory?, que despacharía casi treinta millones de copias gracias a canciones como Don’t look back in angerChampagne supernova o Wonderwall. Los de Mánchester sacaron pecho y se proclamaron la mejor banda del mundo. Nosotros, jaleando sin descanso, les creímos. La resaca fue memorable, y la salida de su siguiente trabajo, el aún denostado Be here now (1997), marcaría el inicio de la inevitable cuesta abajo.

Oasis: Supersonic comienza y acaba con los multitudinarios conciertos de Knebworth, decisión tomada por el director Mat Whitecross (Sex & drugs & rock & rollLa doctrina del shock) y el productor James Gay-Fees, uno de los responsables de Amy (2015), para celebrar el vigésimo aniversario del gigantesco evento. Junto a Whitecross y Gay-Fees, también han ejercido de productores los hermanos Gallagher. Pese a no existir, según palabras del propio Whitecross, líneas rojas por parte de Liam y Noel a la hora de seleccionar material, lo cierto es que se echa en falta un contexto social y político sobre el que proyectar las andanzas del grupo en los dos años y medio que duró aquel irrepetible entusiasmo por sus canciones. Tampoco se hace referencia a Blur, banda seleccionada por los medios británicos para enfrentarlos a los mancunianos en un intento de emular la supuesta lucha que mantuvieron en los sesenta los Beatles y los Rolling Stones. Eliminado queda igualmente cualquier atisbo del llamado britpop, escena musical —ficticia o no— que contó entre sus filas con formaciones tan relevantes como Suede o Pulp y en la que Oasis quedaron inscritos con letras doradas.

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El abundante material inédito —que abarca sus primeros ensayos, actuaciones en directo o entrevistas— acapara, junto a unas resultonas animaciones, la mayoría del metraje. Las voces de Paul ArthursTony McCarroll y Paul McGuigan —componentes de los primeros Oasis—, Peggy Gallagher —madre de las criaturas— o Alan McGee —descubridor de la banda y fundador del sello Creation Records— nos entretienen con peripecias de todos los colores y recuerdan, aquí algo más serios, las secuelas que el grupo dejó en sus vidas. Liam y Noel no coincidieron personalmente durante la grabación de la película: la banda se separó en 2009 tras una fuerte discusión en París y desde entonces apenas se han dirigido la palabra. Sin embargo, hay momentos en los que parecen estar sentados uno frente al otro mientras beben cerveza y se lanzan divertidas pullas. Entre anécdotas e imágenes siempre suculentas se cuelan las canciones que salpican la narración. Y son ellas, ya sea interpretadas en una habitación o frente a miles de seguidores, las que finalmente nos conmueven. Comprobamos, tras dos décadas, que los Gallagher siguen sonando frescos, intensos y espléndidamente arrogantes.

Dietario 10

Las andanzas en los bosques de Sue Hubbell me hicieron recordar las ganas que tenía de dedicarle unas palabras a nuestro huerto. Después de algunos años sin plantar nada, el pasado mes de mayo nos decidimos a probar suerte. La cosa no ha podido ir mejor, ya que los pimientos, tomates, calabacines y pepinos han brotado sin descanso, fuertes y coloridos, con un sabor excelente. También nos han proporcionado alegrías las berenjenas, cebollas y calabazas. Con las sandías, por el contrario, no hemos tenido tanta suerte. En plenas navidades la tierra nos sigue regalando verdura fresca. Poca y no tan fornida como hace unos meses, cierto, pero aún así es algo digno de celebración.

Las ñoras lucen de un rojo incontestable, lo que demuestra que están maduras y gozan de buena salud. Si no se recogen y se dejan secar al sol aún más tiempo terminarán convertidas en rastras que, junto a las ristras de ajo, tan frecuentes son en la decoración de cocinas y restaurantes españoles. La ñora se emplea en la elaboración del pimentón, como acompañamiento de los huevos fritos o como aderezo de algunas ensaladas. No es extraño consumirlas en sofritos y arroces, sobre todo en Alicante y Murcia. En Cataluña se utiliza como ingrediente principal de la salsa romesco, y en Cartagena para preparar el plato más representativo de la ciudad: el caldero. Ahora son las habas las que crecen sin parar. Están rodeadas de tres o cuatro naranjos muy cargados y un pequeño limonero que se niega a ceder protagonismo.

Una mañana del pasado verano, mientras regaba la tierra, leí esto de Francisco Casavella: “La sabiduría es poseer un magnífico sentido del humor, siempre bajo la atenta vigilancia de una lucidez nada presuntuosa, pero capaz de asomar formidable en una situación, en una frase, en un giro de diálogo o en un párrafo, como la carcajada que parece o el respiro que en realidad es. Ser sabio es poseer el don de la ironía, si ese sustantivo no se hallara hoy completamente gastado por la boca de un millón de lechuguinos. Pero ser sabio es ser irónico y, a veces, darse un sordo puñetazo de rabia en el muslo”.