Dietario 3

Insisten en que lea El jinete polaco, de Antonio Muñoz Molina. Confío en el criterio de las personas que lo recomiendan, pero no puedo desdeñar el de Ana, que pocos días antes me dijo que no le había gustado nada, al menos las cincuenta páginas que se tragó hasta que me vomitó su veredicto: “Es una mierda. Tú verás”. Pero lo dijo sonriendo. Terminamos el café y pedimos cerveza. A Muñoz Molina, al igual que a mí, le gusta mucho Montaigne. Más de una vez he leído con entusiasmo los textos que ha dedicado a sus ensayos en El País. En uno de ellos comentaba que “uno se esconde como puede en la vida privada y se retira a un silencio que está hecho en gran parte de las palabras luminosas y acogedoras de unos cuantos libros”. En ocasiones, al igual que hacía Josep Pla, paso un día entero de invierno en la cama leyendo a Montaigne. El efecto que produce, a la vez tónico y sedante, es siempre bienvenido. Volviendo a Muñoz Molina, escribe que Montaigne “consideraba que uno de los indicios más seguros de la sabiduría era un disfrute constante de los placeres de la vida, más valiosos todavía por ser pasajeros e inseguros”. 

Finalmente me prestan El jinete polaco y hago la promesa de leerlo, aunque no tengo fecha límite para ello -o eso creo-. Al día siguiente, nada más entrar en la biblioteca, me topo con el nuevo número de la revista Mercurio, en cuya portada aparece un dibujo de Montaigne. También en portada nos avisan que dentro encontraremos artículos de Victoria Camps, Fernando Savater o Muñoz Molina. De hecho, su nombre, el de Muñoz Molina, figura en primera posición si empezamos a leer como nos han enseñado, de arriba abajo. Aún no he abierto la revista, pero en más de una ocasión durante esta mañana he cruzado alguna mirada con el retrato de Montaigne. Ese gesto, esas miradas distraídas y hasta furtivas, es más de lo que suelen ofrecer actualmente las publicaciones gratuitas. Me gustaría hacerle llegar estas palabras a Guillermo Busutil, director de Mercurio, escritor y periodista granadino que con La vida a la carta, un artículo aparecido en La Opinión de Málaga el año pasado, ganó hace unos meses el Premio Nacional de Periodismo Francisco Valdés.

Termino el texto mientras escucho un fragmento de Los exiliados románticos, la película de Jonás Trueba. En él, Isabelle, una de las protagonistas, anuncia en una cena entre amigos que “después de ese tiempo trabajando con gente que le queda poca vida, he llegado a tomar una decisión que llevo aplazando mucho tiempo. Voy a tener un bebé”. “¿De cuánto estás?”, le preguntan. “No, no, aún no estoy embarazada. Pero voy a ser mamá”. “¿Y el padre?”. “No sé quién va a ser el padre, pero lo que sí sé es que va a ser niña”.

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