Dietario 2

Parece que el otoño ha llegado, pero el calendario no engaña a nadie: estamos a 27 de agosto y aún quedan algunas semanas para que el verano se marche. Mi desaliño estético -camisa con un solo botón abrochado, chanclas y bañador- marca igualmente horas de sol y piscina. Leo en el porche que hay coincidencias y casualidades con las que te mueres de risa y hay coincidencias y casualidades con las que te mueres. También repaso citas de Faulkner, Ricardo Piglia y visualizo una vez más el Nighthawks de Edward Hopper, lo que me hace pensar en Tom Waits, en Martha, en beber. Abro una botella de vino.

El otro día me di cuenta que cuatro o cinco amigos míos tienen libros publicados. A estas alturas se antoja más sencillo escribir y publicar uno que plantar un árbol o tener un hijo. Menos arriesgado. Pero no sé si alguno de ellos encaja en la definición que Sergio Pitol hace de los escritores. Para el mexicano, “ser escritor es convertirse en un extraño, en un extranjero: tienes que empezar a traducirte a ti mismo. Es hacerse pasar por otro”.

Leo también que Julio Arward vive en la calle Garriga Vela de Málaga. No me suena de nada, como la mayoría de calles de mi ciudad. La busco en Google y parece que no existe. Pero descubro al escritor José Antonio Garriga Vela, nacido en 1954 en Barcelona y con residencia habitual en Málaga. Pertenece a la Orden de Finnegans -que se obligan a venerar el Ulises de Joyce- y en octubre de 2015 declaraba en Diario Sur que se lo pasa en grande escribiendo. Parece ser que Muntaner, 38 es su obra más reconocida.

Rosa asegura tener la receta para luchar contra el mal de Montano, para ayudar a los enfermos de literatura. Mientras mordisquea una manzana dice que me dedique por un tiempo a hacer turismo no cultural. Que pase horas, por ejemplo, mirando como nacen los tomates en el campo. Le advierto que desde mi posición actual se puede echar un ojo al huerto entre página y página. “Estás hecho un libro”, me espeta. Intento hablar pero ella me lo impide una y otra vez. Y pienso en algo que decía Jules Renard en sus diarios: “Escribir es una forma de hablar sin ser interrumpido”. Termino la llamada con Rosa -hablábamos a través del teléfono- y me limito a mirar la sierra de Tejeda. Cierro los ojos. Aquí hay uvas, higos, pimientos, chumbos y aceitunas. Está Adán y a veces Eva. Existe el pecado. Me dirijo a los pájaros y les invito al Paraíso.

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