[Crónica] Fee Reega Trío (Teatro Echegaray, Málaga, 18.07.16)

Fee Reega nació en la localidad de Balingen, perteneciente a Baden-Württemberg, estado federado del sur de Alemania. No muy lejos se sitúan ciudades emblemáticas como Ulm, al este, o Stuttgart, hacia el norte. Tübingen, donde estudió, vivió y murió el poeta Hölderlin, queda a unos pasos. Al oeste encontramos el excelente Biergarten Rauschbart de Horb am Neckar, Glatt y sus sabrosas tartas servidas en un castillo o la aburrida Freudenstadt. Finalmente nos topamos con la Selva Negra. Por aquellas tierras creció una Reega que, antes de instalarse hace unos años en Asturias, pasó por Berlín y Madrid siempre con proyectos musicales bajo el brazo. Además de su carrera más o menos en solitario, Fee canta y compone en Captains y Dead Hands, grupos donde encontramos folk, punk y rock ya sea en castellano, inglés o alemán. En 2014 editó el espléndido La raptora. Un año más tarde colaboró con Nacho Vegas en Mi novio es bobo y grabó Shoot, álbum compuesto de “canciones sobre disparos”, como ella misma lo definió durante su concierto en el Teatro Echegaray.

Un teatro para nosotros solos. Es lo que pudimos llegar a pensar tanto la banda como la treintena de personas que nos reunimos allí para presenciar un espectáculo incluido en la sección Márgenes del Festival Terral. Fee se presentó en Málaga en formato trío: Javier Bejarano -guitarras eléctrica y con arco- y Dani Donkeyboy -electric guitar- le acompañaron en todo momento, incluso en la inesperada Pito morado que alguien pidió desde el público y en donde canta que “todo lo que tienes que se puede chupar, yo lo he chupado”. Ambos crean las atmósferas necesarias para vestir y adornar unas canciones a las que Fee cuelga la etiqueta de “folk problemático”. Coplas que hablan del amor hasta las lágrimas –La cueva, Varsovia– pero también de niños asesinados –La raptora, su particular vampiro de Düsseldorf- y suicidios –La automuerte-.

Notable es su capacidad en nuestro idioma para, en pocas pinceladas, crear historias pobladas de inolvidables personajes. Es el caso de Wenedikt Eerofeev, el gran bebedor: “Es un fuerte bebedor, pero le quiero. Es un gran pensador, le respeto. Un hombre que sabe expresar sus dolores se merece que alguien le perdone sus errores […] Cuando me pega le pego yo también, y a veces se nos da muy muy bien […] Bebe como un agujero y habla como un cerdo, pero escribe que te quieres morir por ello”. A estas virtudes hay que añadir un carisma no muy habitual a la hora de llenar los vacíos entre canciones. Su acento ayuda. Nos cuenta que tienen copas -la levanta y bebe-, que en nuestra ciudad hace un “puto calor” y que ella no es asturiana como nos pretendía hacer creer en un principio. ¡Qué pilla! Siempre riza los pies al cantar. Y llega un momento en que es difícil apartar los ojos de ella.

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