Julio Cortázar – Clases de literatura

Julio-Cortazar-Clases-de-Literatura-Berkeley-1980Durante los meses de octubre y noviembre de 1980, cien afortunados asistieron a clases de literatura impartidas por Julio Cortázar en la Universidad de Berkeley, California. Por suerte para nosotros, parece ser que alguno de ellos -entre los que no sólo había alumnos- colocó una grabadora encima de la mesa del profesor durante las quince horas, repartidas en ocho sesiones, que duró aquella anomalía. Y es que resultaba extraño que Cortázar cediera a dar aquellas charlas. Las negativas a participar en eventos similares se habían amontonado con el paso de los años hasta que Pepe Durand, gran amigo del escritor, se lo pidió con insistencia mientras le aseguraba que leería mucho y trabajaría poco. Ya en 2005, Aurora Bernárdez, viuda de Julio, recibe unas cintas que transcribe Carles Álvarez y que terminan editándose ahora en Alfaguara bajo el nombre de Clases de literatura.

En los primeros compases ante su alumnado -que al final de cada clase tiene la oportunidad de hacer preguntas-, Cortázar se pasea por las tres etapas que, según él, conforman su camino como escritor: estética, metafísica e histórica. En la primera estarían incluidas sus primeras producciones y cuentos hasta El perseguidor, arrebatador texto escrito de forma compulsiva tras la muerte de Charlie Parker. A partir de ahí, la persona se convierte en el máximo centro de interés -el ejemplo más certero sería Horacio Oliveira, protagonista de Rayuela-, muy al contrario de lo que ocurría en relatos anteriores donde los personajes estaban dispuestos para que lo fantástico pudiera irrumpir en cualquier momento. Ya en la parte histórica se intenta tratar al individuo como sociedades, pueblos, civilizaciones. El comienzo de este último tramo lo podríamos fechar en un viaje que hizo a Cuba en 1963 como miembro de la Casa de las Américas. Allí se dio cuenta de su “gran vacío político. Desde ese día traté de documentarme, traté de entender, de leer”.

Muchos son los temas a los que mete mano Cortázar. En las primeras clases se centra en el concepto de cuento y sus diferencias con la novela, deteniéndose en la distinción entre una obra fantástica y otra realista. Para ello escoge textos sacados de relatos propios y ajenos (Wilde, Borges, Bierce) mientras se apoya en diferentes escenas de su vida para exponer algunos pilares de su pensamiento. Cuenta Cortázar que en el colegio le prestó a un amigo El secreto de Wilhem Storitz -una novela de Julio Verne cuyo protagonista hereda el secreto de la invisibilidad- y éste se la devolvió diciendo que no podía leerla ya que era demasiado fantástica. Todo lo contrario que él, que ya desde niño aceptaba lo fantástico como una forma de la realidad. En esa época Cortázar se siente, aunque suene contradictorio, un realista total “ya que aceptaba una realidad más grande, más elástica, más expandida, donde entraba todo”, mientras añade que la fantasía “es el arma más poderosa de un escritor y la que le abre finalmente las puertas de una realidad más rica y muchas veces más hermosa”.

En días posteriores, y con una audiencia ya embelesada, también hay cabida para hablar del erotismo y el humor en la literatura y el cine, defendiendo a figuras como Henry Miller o Woody Allen, al que compara con Jerry Lewis de la siguiente manera: “Lewis es un cómico, hace reír un momento pero la situación no tiene ninguna proyección posterior, son sistemas de circuito cerrado. Woody Allen es un humorista y en sus mejores momentos tiene unos efectos cómicos que van más allá del chiste: contienen una crítica, una sátira o una referencia que puede ser incluso muy dramática”. Hacia la parte central de estas atípicas clases literarias encontramos un capítulo dedicado a Rayuela, “un libro que continuamente se está preguntando por qué esto es así y no de otra manera, por qué la gente acepta que esto se dé en esta forma cuando se podría dar de otra”. El cierre tiene como tema importante la implicación de los escritores en hechos históricos actuales sin perder de vista la novela como tal, toda una responsabilidad a la que Cortázar alude con frecuencia dentro de unas sesiones, ahora sí, realmente magistrales.

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