Sexo

“Era siempre la primera en llevar la mano hacía ese conmutador que apagaba un tiempo de figuras afrontadas, de palabras enemigas, para abrirnos a otra luz donde un vocabulario hecho de pocas, intensísimas cosas creaba su lenguaje sábana, su murmullo almohada, allí donde un tubo de crema o un mechón de pelo eran claves o signos, Francine dejándose desnudar al borde de la cama, los ojos cerrados, el pelo rojizo y casi crespo contra mi cara, estremeciéndose a cada movimiento de mis dedos en los botones y los cierres, resbalando hasta sentarse para que le quitara las medias y le bajara el slip, sin mirarme, tacto puro incluso cuando la dejaba abandonada por un momento para quitarme la ropa en ese silencio de cuerda tendida entre los amantes que se esperan, que cumplen movimientos previos, Francine resbalando hasta quedar de espaldas, los pies apoyados en la alfombra, quejándose ya con un murmullo ansioso y entrecortado, música de la piel, respondiendo desde su gemido a la boca que subía por sus muslos, a las manos que los apartaban para ese primer beso profundo, el grito ahogado cuando mí lengua alcanzaba el clítoris y nacía esa succión y ese coito diminuto y localizado, yo sentía su mano entrándome en el pelo, tironeándome sin piedad, llamándome a lo alto y obligándome a la vez a demorarme hasta el límite, darle un placer que no era aún el mío, el esclavo de rodillas sobre la alfombra, sujeto por el pelo, obligado a prolongar la libación salada y tibia, mis dedos buscaban más adentro el doble pétalo del sexo retraído, el índice resbalaba hacia atrás, buscaba la otra entrada dura y firme, sabiendo que Francine murmuraría: «No, no», resistiéndose a una doble caricia simultánea, concentrada casi salvajemente en su placer frontal llamándome ahora con las dos manos aferradas a mi pelo, y que cuando resbalara arrastrándola conmigo hacía arriba para tenderla de espaldas en lo hondo de la cama, se enderezaría volcándose sobre mí para envolverme el sexo con una mano y poseerlo con la boca reseca y áspera que poco a poco se llenaba de espuma y saliva, apretando los labios hasta hacerme daño, empalándose en un jadear interminable del que me era preciso arrancarla porque no quería que me bebiera, la necesitaba más profundamente, en la marea de su vientre que me devoraba y me devolvía mientras las bocas manchadas se juntaban y yo le ceñía los hombros, le quemaba los senos con una presión que ella buscaba y acrecía, perdida ahora en un grito ahogado y continuo, una llamada en la que había casi un rechazo y a la vez la voluntad de ser violada, poseída con cada músculo y cada gesto, la boca entreabierta y los ojos en blanco, el mentón hundiéndose en mi garganta, las manos corriendo por mi espalda, metiéndose en mis nalgas, empujándome todavía más contra ella hasta que una convulsión empezaba a arquearla, o era yo el primero en sumirme hasta el límite cuando el fuego líquido me ganaba los muslos, nos conjugábamos en el mismo quejido, en la liberación de esa fuerza indestructible que una vez más era chorro y lágrimas y sollozo, latigazo lentísimo de un instante que desplomaba el mundo en un rodar hacia la almohada, el sueño, el murmullo de reconocimiento entre caricias inciertas y sudor caliente.”

(Texto extraído de Libro de Manuel, de Julio Cortázar)

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