Berlín

Caroline y yo paseábamos junto al Muro. Más tarde entramos en un café donde se escuchaban guitarras. ¡Berlín, qué paraíso! Ella volaba por las calles, de bar en bar. Entraba y cantaba. Luego salía y volvía a repetir la operación con el siguiente antro que nos salía al paso. “Estoy cansada, vayamos a casa”. Entramos en el hotel y se tumbó en la cama dando vueltas. “Jim, eres un juguete, ¿lo sabes? Mi juguete. Y yo tu reina germánica”. Terminé de encender el cigarrillo mientras ella, mirándome fijamente, sentenciaba: “Quiero un hombre”. Nos dedicamos a meternos lo nuestro y después hicimos el amor. Pese al temor a dormirnos tras cinco días en pie, no tuvimos más remedio.

“¿Por qué me pegas?”, pregunta Caroline mientras se levanta del suelo. Se maquilla el ojo y me suelta que debería conocerme mejor. “Esto no me divierte”, dice. A pesar de ello sé que a Alaska no le importa morir. Sí, así es como le conocen en las calles. Te imaginas por qué, ¿no? “La vida tiene que ser algo más que esto”. Se muerde el labio. “Hace tanto frío en Alaska, Jim”. A las pocas semanas se llevan a sus niños. “No es una buena madre”, dicen. Sus ojos se llenan de lágrimas y yo me siento mucho mejor. “¡Mami, mami!”, gritan los pequeños.

La habitación no era gran cosa. Un armario, una pequeña mesa y una cama, la misma en donde concebimos a nuestros hijos. También fue el lugar que eligió para abrirse las muñecas y seguir pasando frío. Qué canción más triste.

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