Plexus

Henry_Miller“Mira, no tengo intención de ser un pensador. Quiero escribir. Quiero escribir sobre la vida, al desnudo. Los seres humanos, cualquier clase de seres humanos, son comida y bebida para mí. Desde luego, me gusta hablar de otras cosas. La conversación que acabamos de tener, eso es néctar y ambrosía. No digo que no conduzca a nadie a ninguna parte, en absoluto, pero… prefiero reservar esa clase de comida para mi deleite privado. Mira, en el fondo soy uno de esos hombres comunes de que estábamos hablando. Sólo, que, de vez en cuando tengo iluminaciones repentinas. A veces pienso que soy un artista. Muy de vez en cuando pienso incluso que soy un visionario pero nunca un profeta, un vidente. Mi aportación tengo que hacerla dando un rodeo. Cuando leo sobre Nostradamus o Paracelso, por ejemplo, me siento en mi elemento. Pero nací en otro vector. Me sentiré feliz si alguna vez aprendo a contar una buena historia. Me gusta la idea de no llegar a ninguna parte. Me gusta la idea del juego por el juego. Y sobre todo, por miserable, tosco y horrible que sea, me gusta este mundo de seres humanos. No quiero cortar amarras. Tal vez lo que me fascina de ser un escritor sea que necesita la comunión con todos y cada uno. En fin, todo esto son suposiciones por mi parte”.


“Probablemente fuera yo el único del grupo que se tomaba en serio a sí mismo. Esa es la razón por la que a veces me volvía un idiota pendenciero y pesado. En secreto abrigaba la esperanza de reformar el mundo. En secreto era un agitador. Esa pequeña diferencia entre los demás y yo era lo que hacía tan animadas nuestras veladas. En cada frase que yo pronunciaba siempre había una onza extra de sinceridad, una pizca extra de verdad. No era del todo juego limpio. Los incitaba -expresamente, al parecer- a que me dieran un rapapolvo. Ninguno estaba de acuerdo conmigo nunca. Formulara como formulase mi pensamiento, lo que decía siempre les parecía rebuscado. En ciertos momentos confesaban que los encantaba oírme hablar. “Sí”, les decía yo, “pero nunca escucháis”. Eso provocaba risitas ahogadas. Entonces alguien decía: “Querrás decir que no siempre estamos de acuerdo contigo”. Más risitas. “Pero, ¡joder!”, respondía yo, “no pretendo que estéis de acuerdo conmigo siempre… quiero que penséis por vosotros mismos”. “Bien dicho”. “Mirad”, decía yo, preparándome para lanzar otra perorata, “mirad…”. “Sigue”, gritaba alguien, “sigue, ¡duro ahí! ¡Desahógate!”. Entonces me sentaba taciturno, silencioso, aparentemente aplastado. “Vamos, no te lo tomes tan a pecho, Henry. Aquí tienes otra copa. ¡Anda, suéltalo de una vez!”. Sabiendo lo que querían de mí, pero con la esperanza de poder cambiar su actitud con un esfuerzo extraordinario, cedía, me aplicaba, y después lanzaba una auténtica andanada. Cuanto más desesperado y sincero me volvía, mejor se lo pasaban ellos. Al comprender que el juego se había acabado, pasaba a hacer el histrión. Decía cualquier puñetera cosa que se me ocurriese, cuanto más absurda y fantástica mejor. Los insultaba de lo lindo… pero ninguno se ofendía. Era como luchar con fantasmas. Practicar el shadow-boxing de nuevo…”.

(Texto extraído de “Plexus”, de Henry Miller)

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