El último verano de Klingsor

ultimo_verano_klingsor“Colocó la frente y los doloridos ojos sobre el antepecho de hierro. Le refrescó por un momento. Dentro de un año, o tal vez antes, estos ojos estarían ciegos y el fuego de su corazón extinguido. Nadie podía resistir mucho tiempo vida tan ardiente, ni siquiera él, Klingsor, el de las diez vidas. Nadie podía consumir día y noche, durante mucho tiempo, toda su luz, todo su fuego; nadie podía arder perpetuamente, día y noche; cada día largas horas de trabajo apasionado, cada noche largas horas de pensamientos enfebrecidos, siempre en tensión, siempre creando, siempre con todos los sentidos y los nervios lúcidos y despiertos, como un castillo tras cuyas ventanas resonara sin cesar música y ardieran miles de cirios, día tras día, noche tras noche. Todo iba a terminar. Había gastado muchas energías, había quemado mucha luz, había consumido mucha vida. De pronto se enderezó y se echó a reír. A menudo había sentido algo semejante, a menudo lo había pensado, lo había temido. En todas las épocas buenas, fructíferas y creadoras de su vida, incluso en su juventud, había vivido así, había quemado la vela de su existencia por los dos extremos, con un sentimiento alegre unas veces, desconsolado otras, de rabioso derroche, de combustión, con un ansia desesperada de apurar totalmente la copa y con un profundo y disimulado miedo al fin. Con mucha frecuencia su vida había transcurrido así: vaciar la copa, arder en llamas. En ocasiones estos periodos habían terminado suavemente, como un profundo e inconsciente sueño invernal. En otras había sido terrible, desolación absurda, dolor infinito, médicos, triste renuncia, triunfo de la debilidad. Y la verdad era que cada vez el fin de una época fructífera resultaba peor, más triste, más destructor. Pero siempre había sobrevivido y, tras semanas o meses de tormento y aturdimiento, venía la resurrección, el nuevo ardor, la nueva erupción del fuego subterráneo, nuevas obras apasionadas, nueva embriaguez de vida. Ocurría así y se olvidaba y enterraba el miserable intervalo de tormento y negación. Así estaba bien. Pasaría, como había pasado tantas veces”.

(Texto extraído de “El último verano de Klingsor”, de Hermann Hesse)

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